Mi esposo decía que no tenía ni 3,900💖💖 pesos para comprarle un escritorio a nuestro hijo, así que tuve que aceptar un trabajo dando clases particulares en un departamento de lujo. Pero apenas entré a la sala, me quedé helada al ver a mi esposo en una fotografía familiar colgada en la pared. “Es mi papá, él nos compró este departamento a mi mamá y a mí”, dijo la muchacha orgullosa. Mantuve la calma y terminé la clase, pero después descubrí una transferencia bancaria que me hizo temblar las manos…

  • PARTE 1
  • —Mi papá dice que cuando entre a la universidad me va a regalar un departamento de 9 millones de pesos —comentó la muchacha mientras señalaba una fotografía familiar.
  • Yo apenas podía respirar. El hombre que aparecía abrazándola era Diego Salazar, mi esposo desde hacía diecinueve años. Y aquella jovencita, a quien acababa de conocer como mi nueva alumna de matemáticas, parecía ser su hija.
  • Me llamo Elena Martínez, tengo cuarenta y tres años y llevo ocho dando clases particulares. Aquella tarde había llegado a un exclusivo edificio residencial de Zapopan para ayudar a una estudiante de preparatoria a mejorar sus calificaciones.
  • Me pagarían 12 mil pesos mensuales por dos sesiones semanales. Era una oportunidad que no podía rechazar.
  • La muchacha se llamaba Valeria. Tenía diecisiete años, cabello castaño recogido en una coleta y una sonrisa encantadora.
  • —Pase, maestra Elena. Mi mamá salió, pero regresa más tarde.
  • El departamento era impresionante. Ventanales enormes, muebles elegantes, pisos de mármol y una vista espectacular de Guadalajara.
  • Pero nada de aquello me sorprendió tanto como el retrato colgado sobre el sofá.
  • Diego aparecía vestido con un traje azul, abrazando a una mujer de cabello rizado. Entre ambos estaba Valeria, sonriendo como cualquier hija feliz junto a sus padres.
  • Sentí que el corazón se me detenía.
  • —¿Él es tu papá? —pregunté, intentando controlar mi voz.
  • —Sí. Trabaja muchísimo, pero siempre viene dos o tres días por semana. Dice que todo lo hace por nosotras.
  • Dos o tres días.
  • Exactamente los mismos que Diego pasaba fuera de nuestra casa, supuestamente supervisando construcciones en otras ciudades.
  • —¿Y desde cuándo viven aquí?
  • —Desde hace seis años. Antes teníamos una casa más pequeña. Mi papá quiso que estuviéramos cómodas.
  • Seis años viviendo entre lujos.
  • En nuestra casa, Diego llevaba tres meses negándose a comprarle un escritorio nuevo a Sebastián, nuestro hijo de dieciocho años.
  • Costaba 3,900 pesos.
  • —Ahorita no podemos gastar en tonterías —me había dicho—. La construcción está muy difícil.
  • Sebastián estudiaba encorvado sobre un escritorio infantil, con una pata reparada y los cajones atorados.
  • Mientras tanto, su padre prometía regalarle un departamento millonario a otra hija.

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