Mi esposo aseguró que nuestra relación necesitaba una prueba: vivir juntos durante un mes en una cabaña perdida, sin celulares ni contacto con nadie. “Así sabremos si todavía vale la pena seguir casados”, me dijo. Pero apenas llegamos, inventó una emergencia y me dejó sola. Cuando descubrí que había llevado antes a su amante a esa misma cama, hice una llamada. Lo que averigüé sobre la empresa de mi padre fue todavía peor…
—Sé que intentaron falsificar mi autorización para controlar las cuentas de mi familia.
Arturo intervino desesperado.
—¡Vanessa fue quien organizó todo! Ella me aseguró que nadie descubriría nada.
La abogada soltó una carcajada amarga.
—¿Ahora resulta que tú eres inocente? ¿Quién sacó dinero de la empresa para jugar al inversionista? ¿Quién necesitaba recuperarlo antes de la auditoría?
Mi esposo bajó la cabeza.
—Me prometiste que venderíamos la bodega y repartiríamos la ganancia.
—¡Porque tú aceptaste desde el principio!
Se quedaron mirándose con una mezcla de rabia y miedo.
Comprendí entonces algo doloroso.
Arturo no había sido simplemente manipulado por una mujer ambiciosa.
Había participado voluntariamente en un plan para quedarse con el patrimonio de mi familia.
Cuando Vanessa se marchó, mi esposo se dejó caer en una silla.
—Mariana, estoy desesperado. Perdí mucho dinero haciendo inversiones. Pensé que podría recuperarlo.
—¿Con el dinero de mi padre?
—Todo empezó con una cantidad pequeña. Después perdí más y quise recuperarlo.
—Y en vez de detenerte, decidiste robar todavía más.
Arturo comenzó a llorar.
—No quería perderlo todo.
Lo observé en silencio.
Durante siete años había creído conocerlo.
Ahora estaba frente a un desconocido.
—¿Y nuestro matrimonio? —pregunté—. ¿También pensabas llevártelo por delante?
—Te amo, Mariana.
—No se abandona a la persona que amas en una casa sin comunicación mientras preparas un fraude a sus espaldas.
Intentó tomarme la mano.
La retiré.
—Voy a divorciarme de ti.
—Por favor, podemos empezar de nuevo.
—No. Tú tuviste muchas oportunidades de decirme la verdad. Elegiste mentir en cada una.
Salimos juntos de la cabaña.
Él debía regresar a Veracruz para responder ante los abogados de la empresa.
Yo necesitaba iniciar los trámites de mi divorcio.
El ramo de rosas quedó abandonado sobre la mesa.
Las consecuencias no llegaron de un día para otro.
Mi padre contrató una auditoría independiente y presentó las pruebas correspondientes ante las autoridades.
Arturo perdió inmediatamente su puesto.
Vanessa también fue despedida, mientras ella y su hermano quedaron sujetos a una investigación por el intento de fraude y el uso indebido de documentos.
Mi padre no quiso esconder lo sucedido.
—Mariana, quise a ese hombre como a un hijo —me dijo—. Pero precisamente por eso su traición es todavía más grave.
Se inició el procedimiento para recuperar el dinero faltante y exigir responsabilidades.
El divorcio también siguió su curso.
Arturo me llamó muchas veces.
Una noche me dijo:
—Perdí mi trabajo, mi reputación y mi matrimonio. No me queda nada.