Mi esposo aseguró que nuestra relación necesitaba una prueba: vivir juntos durante un mes en una cabaña perdida, sin celulares ni contacto con nadie. “Así sabremos si todavía vale la pena seguir casados”, me dijo. Pero apenas llegamos, inventó una emergencia y me dejó sola. Cuando descubrí que había llevado antes a su amante a esa misma cama, hice una llamada. Lo que averigüé sobre la empresa de mi padre fue todavía peor…

  • —Nico todavía la espera —confesó—. A veces pregunta si hizo algo malo para que su mamá se fuera.
  • Me dolió escucharlo.
  • Tomás me mostró una fotografía antigua de los tres.
  • La mujer sonreía con un uniforme blanco de enfermera.
  • No imaginaba cuánto volvería a significar aquella imagen.
  • Llegamos al embarcadero cuando estaba oscureciendo. Después de agradecerle, encontré transporte hacia Veracruz.
  • A la mañana siguiente entré en el banco directamente, sin pasar siquiera por mi casa.
  • La ejecutiva que atendía nuestras cuentas se sorprendió al verme.
  • —Señora Mariana, creí que estaba de vacaciones.
  • —Necesito cancelar inmediatamente una solicitud que aparece a mi nombre. Es fraudulenta.
  • La mujer revisó la computadora y palideció.
  • —Tenemos documentos firmados digitalmente y una llamada de confirmación.
  • —No hice ninguna llamada.
  • Pidió que acudiera el encargado de seguridad.
  • Él examinó el expediente y después abrió un archivo de audio.
  • —Por procedimiento grabamos las autorizaciones telefónicas. Escuche esto, señora.
  • Una voz femenina comenzó a hablar.
  • Y al reconocerla, sentí que el corazón se me detenía.
  • La mujer que había intentado hacerse pasar por mí era alguien a quien conocía perfectamente.
  • PARTE 3
  • —Soy Mariana Rivera y autorizo que mi esposo quede como responsable único de las operaciones bancarias de la empresa —decía la mujer en la grabación.
  • Reconocí aquella voz inmediatamente.
  • Era Vanessa Salgado.
  • La misma abogada que había contratado Arturo. La misma mujer cuya tarjeta de presentación encontré escondida en aquella cabaña.
  • —Esa no soy yo —dije, mirando al encargado de seguridad—. Es una empleada de nuestra empresa que mantiene una relación con mi esposo.
  • El hombre detuvo la reproducción.
  • —Entonces estamos ante un posible intento de fraude.
  • Le expliqué todo: el viaje, mi teléfono desaparecido, la hospitalización de mi padre y la venta sospechosa de nuestra bodega.
  • Solicité el bloqueo preventivo de las modificaciones y la revisión de cualquier operación extraordinaria.
  • El encargado llamó a su departamento jurídico.
  • Después de examinar mis documentos, cancelaron la solicitud pendiente y activaron medidas adicionales de seguridad sobre nuestras cuentas.
  • —También será necesario presentar una denuncia —me explicó—. Alguien utilizó sus credenciales y su identidad.
  • —Lo haré. Pero primero necesito impedir que vendan la propiedad de mi padre.
  • Desde el banco llamé a Paula.
  • —Comunícate con la notaría donde pretenden firmar el contrato. Diles que existe una controversia sobre las facultades de representación y que no deben continuar sin verificarlo directamente con el propietario.
  • —Licenciada, ¿entonces sí era un fraude?
  • —Mucho peor de lo que imaginábamos.
  • Cuando llegué a la empresa, Paula estaba esperándome con una carpeta.
  • Revisamos contratos, estados de cuenta y movimientos recientes.
  • Descubrimos que Comercializadora Salgado pertenecía a Mauricio Salgado, hermano de Vanessa.
  • Habían creado aquella empresa apenas unas semanas antes.
  • Pretendían adquirir nuestra bodega por cuatro millones de pesos cuando su valor comercial superaba los once millones.
  • Pero había otro problema.
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