Mi esposo aseguró que nuestra relación necesitaba una prueba: vivir juntos durante un mes en una cabaña perdida, sin celulares ni contacto con nadie. “Así sabremos si todavía vale la pena seguir casados”, me dijo. Pero apenas llegamos, inventó una emergencia y me dejó sola. Cuando descubrí que había llevado antes a su amante a esa misma cama, hice una llamada. Lo que averigüé sobre la empresa de mi padre fue todavía peor…

  • No entendía por qué Arturo había llevado primero a su amante a la cabaña y después a mí. Si quería ocultar su infidelidad, ¿por qué arriesgarse de aquella manera?
  • A la mañana siguiente, Nico apareció con uno de sus cachorros.
  • —Mi papá dice que en el cerro todavía entran algunas llamadas —comentó mientras desayunábamos.
  • Levanté la cabeza inmediatamente.
  • —¿Aquí hay señal?
  • —Poquita. Pero mi papá tiene teléfono. ¿Quieres usarlo?
  • Media hora después, Tomás me acompañó hasta una pequeña elevación detrás de la reserva.
  • Le expliqué que necesitaba comunicarme urgentemente con mi familia.
  • Sin hacer preguntas, me entregó su celular.
  • Marqué el número de mi madre.
  • —¡Mariana! —exclamó al escucharme—. ¿Dónde estás?
  • —En el pueblo donde me trajo Arturo. ¿Cómo están?
  • Hubo un silencio.
  • —Hija, tu papá está hospitalizado.
  • Sentí que las piernas me fallaban.
  • —¿Qué pasó?
  • —Tuvo una complicación cardíaca. Mañana lo operan. Arturo nos pidió que no te dijéramos nada porque necesitabas descansar.
  • —¿Cómo pudo hacer eso?
  • Mi madre comenzó a llorar.
  • —Él aseguró que se encargaría de todo mientras tu padre estuviera internado.
  • Colgué temblando.
  • Inmediatamente llamé a Paula, mi asistente de contabilidad.
  • —¡Licenciada, gracias a Dios! —susurró—. Algo muy raro está pasando.
  • Me explicó que Arturo había ordenado preparar la venta de nuestra bodega principal.
  • El precio era de cuatro millones de pesos.
  • La propiedad estaba valuada en casi doce millones.
  • —¿Quién autorizó semejante operación?
  • —El señor Arturo dice que tiene instrucciones de su papá. La licenciada Vanessa preparó el contrato.
  • —¿Y quién compra?
  • —Una empresa llamada Comercializadora Salgado. La registraron hace apenas un mes.
  • El apellido me heló la sangre.
  • Pero Paula todavía tenía algo peor que contarme.
  • —También solicitaron al banco modificar los autorizados de las cuentas empresariales. Aparece una solicitud hecha con sus credenciales digitales para quitar su firma y dejar al señor Arturo como único autorizado.
  • —¡Yo jamás solicité eso!
  • —La operación está pendiente de una última validación telefónica. Quieren concretarlo todo el lunes.
  • Entonces comprendí por qué Arturo se había llevado mi celular.
  • Tenía mis contraseñas de trabajo porque alguna vez habíamos compartido una computadora. Y ahora necesitaba acceder al número donde llegaban las verificaciones bancarias.
  • La cabaña no era un refugio romántico.
  • Era una prisión cuidadosamente elegida.
  • Corrí hasta donde se suponía que pasaba el transporte rural.
  • Esperé casi dos horas.
  • Tomás apareció y me dio una noticia desesperante.
  • —No va a pasar ningún autobús. Las lluvias dañaron el puente y suspendieron el servicio.
  • —Tengo que llegar a Veracruz. ¡Mi papá está enfermo y quieren robarle su empresa!
  • Me cubrí el rostro, incapaz de contener el llanto.
  • Tomás permaneció callado unos segundos.
  • —Puedo llevarte en lancha hasta un pueblo donde todavía hay transporte.
  • —¿De verdad harías eso?
  • —No voy a dejarte aquí sabiendo lo que está pasando.
  • Dejó a Nico al cuidado de doña Chabela, una vecina, y aquella misma tarde salimos por el río.
  • Durante el trayecto, Tomás me contó que llevaba tres años criando solo a su hijo. Su esposa, Lucía, se había marchado porque no soportaba vivir lejos de la ciudad.
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