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—Tuviste miedo de decirle que no a tu madre, pero no tuviste miedo de perderme a mí.
Aquella frase lo dejó sin palabras.
Intentó convencerla de esperar unas semanas. Prometió devolverle dinero, llevarla de vacaciones y poner límites a doña Teresa.
Pero Daniela ya no quería promesas.
Quería hechos.
Mauricio terminó aceptando recoger sus pertenencias con ayuda de su hermano y quedarse temporalmente en casa de un amigo.
Cuando se marchó, mi hija cerró la puerta.
No celebró.
Se sentó en el sofá y comenzó a llorar.
—Mamá, yo no quería que terminara así.
—Lo sé, mi amor.
—Quería una familia. Quería que Mateo creciera con sus dos padres.
Le acaricié el cabello.
—Y seguirá teniendo una mamá y un papá. Lo que no necesita es aprender que amar a alguien significa soportar cualquier humillación.
A la mañana siguiente recibí una llamada inesperada.
Era doña Teresa.
—Elena, tiene que ayudarnos.
Su voz ya no tenía aquella arrogancia del aeropuerto.
—¿Qué pasó?
—Mateo quiere regresar. Extraña a Daniela. Mauricio se fue y yo no sé cómo organizar el viaje. Además, ya casi no tengo dinero.
—Usted tiene su reservación de hotel hasta el final del paquete.
—Pero no puedo quedarme tantos días con el niño. Y los vuelos están carísimos.
No pude evitar recordar su sonrisa en aquella fotografía.
—¿No decía usted que todo era mejor sin Daniela?
—No empiece con sus reproches.
—Entonces llame a su hijo.
—¡Mauricio dice que no puede pagar otros boletos!
Me quedé callada.
La mujer que había expulsado a su nuera de un viaje ahora necesitaba que esa misma nuera la rescatara.
—Devuélvale el dinero que utilizó —respondí.
—Mi pensión apenas alcanza para mis gastos.
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