Mi consuegra engañó a mi hija para quitarle su lugar en unas vacaciones de diez días, y su propio esposo ayudó a organizarlo. “Cuando regresemos, ya se te habrá pasado el coraje”, le dijeron desde el aeropuerto. Mi hija estaba destrozada, pero yo no perdí la calma. Les dije una sola frase, y aquel viaje que tanto deseaban empezó a convertirse en su peor preocupación.
—Debió pensar en eso antes de ocupar un lugar que no le pertenecía.
Doña Teresa comenzó a llorar.
No sé si por arrepentimiento o desesperación.
Lo que sí sabía era que Mateo estaba lejos de su mamá y no tenía por qué seguir pagando las consecuencias de aquella disputa.
Daniela escuchó todo y tomó una decisión.
Compramos dos boletos para el siguiente vuelo disponible, después de verificar la documentación necesaria para que el niño viajara con su abuela.
Antes de enviar los comprobantes, Verónica preparó un reconocimiento de deuda que incluía los setenta mil pesos correspondientes a Daniela y los nuevos boletos.
Doña Teresa aceptó firmarlo.
Dos días después las esperamos en el aeropuerto de Guadalajara.
Mateo salió corriendo en cuanto reconoció a su madre.
—¡Mami!
Daniela se agachó y lo abrazó con una fuerza que me hizo llorar.
—Mi amor, cuánto te extrañé.
—Pensé que ya no querías ir conmigo.
—Siempre voy a querer estar contigo, corazón.
Detrás apareció doña Teresa.
Llevaba una bolsa de recuerdos y una pequeña caja de chocolates.
—Te traje esto, Daniela.
Mi hija la miró.
—Gracias, pero no quiero nada.
La mujer apretó la caja contra su pecho.
—Yo no quería que se divorciaran.
—¿Entonces qué quería?
Doña Teresa tardó en responder.
—Quería que Mauricio recordara que yo también soy importante.
Daniela respiró profundamente.
—Nunca le pedí que dejara de quererla. Solo quería que entendiera que también tenía una esposa.
La suegra endureció el rostro.
—Ya verás lo difícil que es encontrar otro hombre teniendo un hijo.
Esperé que Daniela se derrumbara.
Pero sonrió con una serenidad que nunca le había visto.
—Prefiero estar sola que volver a sentirme sobrante dentro de mi propia familia.
Tomó la mano de Mateo y caminó hacia la salida.
Doña Teresa se quedó inmóvil, sosteniendo los chocolates que nadie quería.
Durante los meses siguientes, Daniela inició los trámites de divorcio.
Mauricio se opuso al principio. Después intentó convencerla de que la casa debía dividirse porque habían vivido allí durante siete años.