Mi consuegra engañó a mi hija para quitarle su lugar en unas vacaciones de diez días, y su propio esposo ayudó a organizarlo. “Cuando regresemos, ya se te habrá pasado el coraje”, le dijeron desde el aeropuerto. Mi hija estaba destrozada, pero yo no perdí la calma. Les dije una sola frase, y aquel viaje que tanto deseaban empezó a convertirse en su peor preocupación.
—Podemos hablar, pero no vas a regresar a vivir conmigo.
—Daniela, no puedes tomar una decisión así después de siete años.
—Tú tomaste una decisión sobre mis vacaciones sin preguntarme.
—Fue un error.
—Un error es olvidar comprar leche. Lo tuyo fue una traición planeada.
Mauricio regresó a Guadalajara al cuarto día de vacaciones.
Lo increíble fue que dejó a Mateo en Cancún con doña Teresa.
Según explicó, su madre quería aprovechar los días restantes del hotel y él había acordado que cuidaría del niño.
Daniela se enfureció cuando lo supo.
—¡Te pedí que trajeras a nuestro hijo!
—Está con su abuela. No va a pasarle nada.
—No tenías que decidirlo otra vez sin consultarme.
—Siempre haces un problema de todo.
Al escucharlo, comprendí que Mauricio todavía no había aprendido absolutamente nada.
Esa tarde se presentó en el departamento.
Daniela había consultado previamente con Verónica cómo manejar la separación de bienes y la entrega de pertenencias. Teníamos todo inventariado y preparado para evitar nuevas discusiones.
Cuando Mauricio llegó, miró la puerta como si esperara que su esposa corriera a abrazarlo.
Pero Daniela permaneció en el umbral.
—¿Puedo pasar?
—Prefiero que hablemos aquí.
Él observó las bolsas acomodadas dentro de la entrada.
—¿De verdad empacaste mis cosas?
—Te avisé por mensaje.
—Esta también es mi casa.
—Es mi departamento, Mauricio. Lo compré antes de conocerte. Si necesitas recoger algo más, lo coordinamos con la abogada.
Mauricio me miró con resentimiento.
—Seguro fue idea de su mamá.
Daniela negó lentamente.
—Qué curioso. Durante siete años tuve que obedecer a tu madre para demostrar que era buena esposa. Y ahora que tomo una decisión propia, dices que estoy obedeciendo a la mía.
Él bajó la mirada.
Después intentó tomarle la mano.
—Dani, todavía te amo.
Ella retrocedió suavemente.
—¿Me amabas cuando me mentiste sobre el vuelo?
—Sí.
—¿Cuando le mandaste mi identificación a tu mamá?
—No pensé que llegaría tan lejos.
—¿Y cuando me viste preparar tu maleta sabiendo que yo no iba a viajar?