Mi consuegra engañó a mi hija para quitarle su lugar en unas vacaciones de diez días, y su propio esposo ayudó a organizarlo. “Cuando regresemos, ya se te habrá pasado el coraje”, le dijeron desde el aeropuerto. Mi hija estaba destrozada, pero yo no perdí la calma. Les dije una sola frase, y aquel viaje que tanto deseaban empezó a convertirse en su peor preocupación.
—Eso no es verdad, corazón. Los adultos tuvimos un problema, pero tú no hiciste nada malo. Te quiero muchísimo y pronto estaremos juntos.
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Mateo le mostró un dibujo de un avión.
—Lo hice para ti. Quiero que estemos los tres en la playa.
Mi hija sonrió entre lágrimas.
—Lo vamos a guardar, mi cielo.
Entonces apareció doña Teresa detrás del niño.
—Ya estuvo bueno, Daniela. Lo estás poniendo triste.
—Quiero seguir hablando con mi hijo.
—Pues aprende a comportarte como una mujer madura. Mauricio está harto de tus dramas.
Yo escuchaba desde el otro lado de la mesa.
—Doña Teresa —intervine—, deje que el niño termine de hablar con su mamá.
La mujer me miró con desprecio.
—Usted es la culpable de todo, Elena. Si no hubiera metido sus narices, Daniela ya estaría tranquila.
—Mi hija estaría tranquila si ustedes no le hubieran robado sus vacaciones.
—¡Yo no robé nada!
—Entonces devuelva los setenta mil pesos que pagó Daniela.
Doña Teresa abrió mucho los ojos.
—¡Eso es una fortuna! ¿De dónde quiere que saque ese dinero?
—De donde esperaba que mi hija sacara el siguiente viaje.
La mujer cortó la llamada.
Dos días después nos enteramos de que aquellas vacaciones soñadas se habían convertido en una pesadilla para ella.
Mauricio comenzó a buscar un vuelo para regresar anticipadamente a Guadalajara.
Doña Teresa se puso furiosa.
En el restaurante del hotel le gritó delante de otros huéspedes que era un hijo desagradecido y que estaba abandonando a su madre por culpa de una mujer.
Mateo presenció la discusión.
Mauricio terminó saliendo del restaurante con el niño para evitar que continuara escuchando los gritos.