Mi consuegra engañó a mi hija para quitarle su lugar en unas vacaciones de diez días, y su propio esposo ayudó a organizarlo. “Cuando regresemos, ya se te habrá pasado el coraje”, le dijeron desde el aeropuerto. Mi hija estaba destrozada, pero yo no perdí la calma. Les dije una sola frase, y aquel viaje que tanto deseaban empezó a convertirse en su peor preocupación.
—Los que mandaste con mi identificación. Los que dicen que tu mamá se encargaría de mi firma.
—Daniela, yo no sabía exactamente qué iba a hacer.
—Sabías que yo no había aceptado.
—Mi mamá dijo que después podríamos arreglarlo.
—¿Arreglar qué? ¿Una mentira? ¿Una firma falsa? ¿Dejarme sola mientras ustedes disfrutan las vacaciones que pagué?
Mauricio suspiró con impaciencia.
—Entiende que mi mamá no tiene dinero para viajar. Lleva años queriendo conocer el mar.
—Yo tampoco tenía dinero de sobra, Mauricio. Trabajé seis meses para ahorrar esos setenta mil pesos.
—Pero tú puedes volver a juntarlos.
Daniela soltó una risa amarga.
—Entonces, según tú, como soy capaz de trabajar, cualquiera puede quitarme lo que gano.
—No pongas palabras en mi boca.
—No necesito hacerlo. Ya leí las que escribiste.
Él intentó hablar de Mateo, de su matrimonio y de los momentos felices.
Pero mi hija lo interrumpió.
—Dime algo. Si yo no hubiera descubierto nada y mi mamá no hubiera intervenido, ¿habrías regresado después de diez días esperando que te preparara la cena?
Mauricio no respondió.
Y ese silencio terminó de darle la razón.
Aquella noche Mateo llamó desde el hotel.
—Mami, ¿por qué no quisiste venir?
Vi cómo Daniela apretaba los labios para controlar el llanto.
—Mi amor, yo sí quería viajar contigo.
—Pero mi abuelita dice que preferiste quedarte trabajando.