Él levantó la cabeza.
—Lo sé.
—No.
Necesito que lo escuches.
Su voz tembló.
—Tu padre y yo construimos esta casa juntos.
Cada mueble tiene una historia.
Cada fotografía representa algo que vivimos.
Y tú permitiste que una persona entrara aquí a tratar esos recuerdos como si fueran basura.
Daniel comenzó a llorar.
—Perdóname.
—Cuando Valeria quiso quitar la fotografía de tu padre, esperaba que me defendieras.
No porque ella tuviera que pensar igual que yo, sino porque sabía que tú entendías lo que esa imagen significaba.
Él miró hacia el pasillo.
La fotografía seguía en su sitio.
—Me acuerdo de ese viaje —murmuró.
—Tenías 8 años.
Te quedaste con tu abuela y nos llamabas todas las noches.
Daniel sonrió entre lágrimas.
—Papá siempre preguntaba si había terminado la tarea.
—Y tú siempre decías que sí, aunque todavía te faltaba matemáticas.
Los dos rieron suavemente.
Después Daniel se levantó y caminó hacia el retrato.
Contempló a sus padres abrazados.
—No puedo creer que dejara que alguien te pidiera esconderlo.
Teresa se acercó.
—Yo tampoco.
Daniel se volvió.
—¿Podrás perdonarme algún día?
Ella tomó sus manos.
—Eres mi hijo.
Te amo.
Pero recuperar la confianza va a requerir tiempo.
—Lo entiendo.
—Y hay algo que debe cambiar.
Daniel asintió.
—Dime.
—Ya no voy a resolver tus problemas económicos solamente porque puedo hacerlo.
Tienes un buen trabajo y eres un hombre adulto.
Necesitas aprender a administrar tu vida sin dar por hecho que mis ahorros están disponibles.
Él bajó la mirada.
—Tienes razón.
—Te ayudaré cuando realmente lo necesites y cuando esté en mis posibilidades.
Pero nunca volveré a pagar para que alguien me permita formar parte de su familia.
