La retiré.
—Y yo te quise, Ana.
—No. Usted quería a la mujer que pagaba las cuentas cuando su hijo no podía hacerlo.
Me levanté.
—Mi abogada se comunicará con usted si necesita su declaración.
Salí sin volver la cabeza.
Aquella noche lloré otra vez.
Porque perder un esposo duele.
Pero descubrir que también habías inventado una familia donde nunca existió lealtad duele de una manera diferente.
Dos días después Patricia, mi excuñada, me escribió.
Quería verme.
Al principio pensé ignorarla, pero finalmente acepté hablar con ella acompañada de Jimena.
Nos encontramos en una cafetería del centro de Querétaro.
Patricia tenía el rostro desencajado.
—Ana, quiero pedirte perdón.
Me limité a escuchar.
—Yo sabía lo de Valeria. Sabía que Marcos estaba contigo y con ella al mismo tiempo. Quise decirte muchas veces, pero mi mamá me pidió que no me metiera.
—Eso ya lo sabía.
Patricia respiró profundamente.
—Hay algo más que necesitas ver.
Me mostró conversaciones del grupo familiar.
Había mensajes de Marcos hablando de aquella Nochebuena.
Uno decía:
“Cuando Ana vea a Valeria embarazada, va a entender que nuestro matrimonio terminó. Después hablamos de la casa.”
Mi suegra había respondido:
“Ojalá no haga un escándalo. Hay que pensar en el niño.”
Y otro mensaje de Marcos terminó de destruir cualquier duda:
“Si se siente presionada, va a preferir firmar el acuerdo y olvidarse de todos nosotros.”
Me quedé observando la pantalla.
—¿Tú también estabas de acuerdo?
Patricia comenzó a llorar.
—No quería que pasara así. Pero fui una cobarde. Tenía miedo de enfrentar a mi familia.
—Y preferiste verme entrar con una cena preparada mientras todos sabían lo que iban a hacerme.
Asintió.
No intenté consolarla.
Patricia decidió entregar voluntariamente aquellas conversaciones a mi abogada y contar lo que sabía.
Antes de despedirnos me dijo:
—Perdóname algún día, Ana.
La miré unos segundos.
—Tal vez pueda perdonarte. Pero nunca volveré a confiar en ti como antes.
El divorcio comenzó formalmente en enero.
Fernanda me explicó que en Querétaro podía solicitarse sin necesidad de demostrar una infidelidad y que los desacuerdos patrimoniales debían resolverse conforme a nuestro régimen matrimonial y las pruebas disponibles.
Marcos no podía obligarme a continuar casada simplemente porque se negara a aceptar la separación.
Sin embargo, sí podía disputar los bienes y el dinero.
Y eso hizo.
Contrató a un abogado que intentó presentarme como una mujer obsesionada con controlar las finanzas de su esposo.
Aseguró que Marcos había contribuido al mantenimiento de la casa durante años y que merecía una compensación económica.
Mi abogada no rechazó automáticamente todas sus pretensiones.
Revisamos lo que efectivamente había aportado cada uno, los gastos compartidos, nuestras cuentas y los bienes adquiridos durante el matrimonio.
Yo no quería quitarle nada que le perteneciera.
Quería recuperar lo mío.
El encuentro más difícil ocurrió durante una reunión de negociación entre nuestros abogados.
Marcos llegó vestido elegantemente, con la actitud arrogante que yo conocía.
—Ana, todavía podemos evitar este desastre —dijo.
Fernanda colocó sobre la mesa los estados de cuenta, los documentos de compraventa y las pruebas de mis ingresos.
—La señora Martínez compró la propiedad antes del matrimonio. La escritura está únicamente a su nombre. Además, existen operaciones bancarias y documentos cuya autenticidad está siendo investigada.
El abogado de Marcos revisó los papeles.
Su expresión cambió cuando vio la fecha del contrato privado.
—Marcos, ¿ella autorizó realmente esta operación?
Mi esposo miró hacia la ventana.
—Habíamos hablado de vender.
