“Esta es mi madre. Es una mujer sencilla que se pasa el día metida en el jardín”, dijo mi hijo delante de sus futuros suegros, como si le avergonzara presentarme. Yo solo apreté el ramo de flores que llevaba para celebrar su maestría. Esa noche descubrí que mi esposo y él habían planeado vender nuestra casa sin consultarme. No discutí; busqué a una abogada. Pero la mayor sorpresa llegó cuando la madre de su prometida reconoció mi nombre…
El hombre caminaba lentamente con su bastón, pero habló con una firmeza que hizo callar toda la sala.
Explicó cómo yo había pagado cada semana los materiales y la mano de obra.
Sus hijos confirmaron los pagos.
Los documentos de la caja popular acreditaron el préstamo, y los registros de la venta del terreno de mi madre demostraron de dónde salió el resto del dinero.
También se examinó el acuerdo firmado por Ernesto.
Tras la valoración de las pruebas y la autenticidad de las firmas, el juzgado reconoció la obligación de formalizar la copropiedad pactada y resolvió a mi favor.
La casa ya no podía venderse como si Ernesto fuera su único propietario.
Al salir, don Ignacio se acomodó el sombrero.
—Bueno, doña Lucía, parece que todavía servimos para algo los viejos.
Le apreté el brazo.
—Muchísimo, don Ignacio. Pero no se me vaya a morir pronto.
Soltó una carcajada.
—Nada más no le avise a su hijo. ¡Ese muchacho ya me enterró una vez!
Reí por primera vez en mucho tiempo sin sentir un nudo en el pecho.
A finales de mayo, las peonías comenzaron a florecer.
Había recuperado mis documentos universitarios y recibido una invitación para compartir mi experiencia en un encuentro de productores ornamentales.
Mi pequeño negocio crecía.
Una mañana, mientras cortaba flores para un pedido, escuché que alguien abría el portón.
Era Mateo.
Llevaba la misma camisa blanca de su graduación, ahora deslavada. Estaba más delgado y tenía ojeras.
—Hola, mamá.
Lo miré sin responder.
Se acercó a las plantas.
—Renuncié al trabajo que tenía con un amigo de papá. Encontré otro y estoy pagando mis deudas.
Asentí.
—Qué bueno.
Mateo observó las hileras de flores.
—Nunca entendí cuánto trabajabas aquí.
—Porque nunca quisiste verlo.
Bajó la cabeza.
—Sé que no merezco que me perdones. Mentí sobre don Ignacio. Le entregué tus papeles a papá. Escuché cuando dijo que los había quemado y no hice nada.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Te cambié por un departamento, mamá. Y terminé perdiendo a Renata, mi casa y tu confianza.