“Esta es mi madre. Es una mujer sencilla que se pasa el día metida en el jardín”, dijo mi hijo delante de sus futuros suegros, como si le avergonzara presentarme. Yo solo apreté el ramo de flores que llevaba para celebrar su maestría. Esa noche descubrí que mi esposo y él habían planeado vender nuestra casa sin consultarme. No discutí; busqué a una abogada. Pero la mayor sorpresa llegó cuando la madre de su prometida reconoció mi nombre…
—Me habían ofrecido un trabajo en una estación de investigación agrícola —continué—. Él dijo que si aceptaba descuidaría a mi familia. Cuando insistí, arrojó mi título al fogón.
Patricia bajó la mirada.
—El documento físico se perdió, Mateo. Sus estudios y su título registrado no desaparecieron por eso. Tu madre puede obtener nuevamente la documentación.
Mi hijo se cubrió la cara.
—Y yo les dije a todos que no sabías nada…
—Eso fue lo que elegiste creer —respondí.
Renata se levantó despacio.
Se quitó el anillo de compromiso y lo colocó frente a Mateo.
—No puedo casarme contigo.
—Renata, por favor…
—Me dijiste que tu mamá quería irse. Que estaba feliz con el dinero que le darían. Y ahora descubro que ayudaste a tu padre a engañarla.
—Solo quería que tuviéramos nuestro departamento.
Renata lo miró con tristeza.
—Yo quería casarme contigo. No necesitaba que destruyeras la vida de tu madre para comprarme una casa.
Mateo intentó tomarle la mano.
Ella retrocedió.
—Si eres capaz de traicionar a la mujer que te crio para conseguir lo que deseas, ¿cómo voy a confiar en ti?
Nadie intervino cuando Renata salió del comedor.
Mateo permaneció sentado frente al anillo.
Por primera vez no encontró una excusa.
Las consecuencias para Ernesto llegaron rápidamente.
Para devolver el anticipo tuvo que vender su camioneta muy por debajo de su valor.
Karla descubrió que no recibiría el dinero que esperaba de la venta y comenzó a exigirle que pagara las deudas que había acumulado.
Poco después lo echó del departamento donde vivían.
Ernesto terminó hospedándose en casa de un primo, en un cuarto pequeño junto al patio.
Una tarde llamó a Mateo para pedirle dinero.
Mi hijo tampoco tenía mucho.
Había perdido parte de sus ahorros por la cancelación del departamento y tuvo que abandonar el lugar que rentaba.
—Papá, me prometiste que todo saldría bien —le reprochó.
—Ya eres ingeniero. Resuelve tus problemas.
Fue la última vez que hablaron durante meses.
En marzo se celebró la audiencia principal sobre mis derechos de propiedad.