Me explicó que, 4 días antes de morir, nuestro padre le había pedido que lo acompañara al hospital mientras mamá salía a resolver unos pendientes.
Había preparado 2 sobres.
Uno contenía una carta para mí.
El otro, unas instrucciones para Lucía.
Papá quería que recibiera la carta en Navidad porque sabía cuánto significaban esas reuniones para nuestra familia.
Pero también le había dicho algo inesperado a mi hermana.
—Si Teresa decide esconderla, no discutas.
Solo asegúrate de que Mariana conozca la verdad.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Por qué pensaba que mamá haría eso?
Lucía miró a nuestra madre.
—Porque ese mismo día le pidió perdón por algo.
Mi madre se sentó lentamente.
—No tienes derecho a contar asuntos de nuestro matrimonio.
—No estamos hablando de tu matrimonio, mamá.
Estamos hablando de lo que le hiciste sentir a Mariana durante años.
Me acerqué a la chimenea y recogí el sobre.
Tenía mi nombre escrito con aquella letra grande y ligeramente inclinada que papá utilizaba en todas sus tarjetas.
La solapa estaba cerrada con cinta adhesiva.
Alguien la había abierto y vuelto a sellar.
—¿Lo leíste? —pregunté.
Mamá asintió.
—Sí.
—¿Hace cuánto?
—En julio.
Sentí que el aire me faltaba.
Habían pasado 5 meses.
Cinco meses durante los cuales yo había llorado por mi padre, convencida de que nunca volvería a escuchar lo que pensaba de mí.
Y ella había guardado sus últimas palabras.
—¿Por qué?
Mi madre apretó las manos.
—Porque esa carta solo iba a hacerte daño.
—Déjame decidirlo.
Lucía me acompañó hasta el sofá.
Mi tía Elena tomó a Valentina, que finalmente comenzaba a tranquilizarse.
Abrí el sobre.
Dentro había 3 páginas escritas a mano.
La primera comenzaba con un recuerdo de mi infancia.
