—¡Yo fui su esposa durante 36 años! ¡Sé perfectamente lo que pensaba de ti!
Levanté a Valentina y caminé hacia la puerta.
Había soportado muchas cosas por mantener unida a nuestra familia, pero no permitiría que mi hija creciera escuchando las mismas humillaciones.
Estaba a punto de salir cuando Lucía apareció frente a mí.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Mariana, espera.
Hay algo que tienes que saber.
—Ahora no, Lucía.
Mi hermana miró hacia nuestra madre.
—Papá dejó una carta para ti.
Me pidió que te la entregáramos precisamente esta Navidad.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué carta?
Lucía señaló el sobre escondido entre las tarjetas.
—Esa.
Mamá la abrió hace meses.
Mi madre palideció.
—¡Lucía, cállate!
Pero mi hermana no retrocedió.
—Y hay algo más, Mariana.
Papá también me dejó una copia de las instrucciones que acompañaban esa carta.
—¿Qué instrucciones?
Lucía me miró directamente.
—Dijo que, si mamá intentaba impedirte leerla, yo tenía que contarte lo que pasó la última vez que estuvieron solos en el hospital.
Mi madre soltó su copa.
El cristal se rompió contra el piso.
Y entonces la escuché decir algo que me heló la sangre:
—Tu padre me prometió que jamás te enterarías de aquella conversación.
Parte 2: Durante unos segundos nadie se movió.
Valentina seguía llorando contra mi hombro, mientras mi madre miraba los pedazos de cristal esparcidos por el suelo.
—¿Qué conversación, mamá? —pregunté.
—Tu hermana está exagerando.
Tu padre estaba muy enfermo y decía cosas que no tenían sentido.
Lucía abrió su bolso y sacó una hoja doblada.
—Eso no es verdad.
Papá estaba completamente consciente.
