Papá mencionaba las galletas que robábamos de la cocina, las luces del árbol y aquella vez que rompí una esfera y lloré porque pensé que mamá dejaría de quererme.
Sonreí entre lágrimas.
Después, su escritura se volvió más seria.
«Mariana, durante muchos años creí que mantener la paz en nuestra casa significaba pedirte que guardaras silencio cuando tu madre te criticaba.
Hoy comprendo que estaba equivocado».
Tuve que detenerme.
Recordé todas las veces que papá me había llevado a caminar después de una discusión.
Siempre me abrazaba.
Siempre decía que mamá tenía un carácter difícil, pero buenas intenciones.
Nunca se enfrentaba a ella.
Seguí leyendo.
«No fuiste una hija problemática.
Fuiste una niña que creció creyendo que cualquier error podía hacerla menos digna de cariño.
Y yo debí protegerte de esa idea».
Las lágrimas comenzaron a caer sobre el papel.
Pero todavía faltaba una página.
En ella, papá hablaba de Valentina.
De cómo yo había llegado al hospital con mi bebé recién nacida, cansada, asustada y preocupada por el futuro.
Y de una promesa que había intentado arrancarle a mi madre antes de morir.
Levanté la mirada.
—¿Qué le prometiste a papá?
Mamá comenzó a llorar.
—Mariana, por favor, termina de leer.
Volví al papel.
Entonces encontré una frase subrayada 2 veces.
La leí en voz alta:
—«Si algún día tienes que elegir entre conservar la paz con tu madre y proteger la dignidad de tu hija, elige a tu hija, aunque eso signifique alejarte de nuestra casa».
Mi tía Elena se cubrió la boca.
Lucía comenzó a llorar.
Pero lo que verdaderamente me estremeció estaba escrito unas líneas después.
«Le pedí a tu madre que nunca repitiera contigo lo que te hizo sufrir de niña.
Ella me respondió que jamás había cometido ningún error contigo».
Miré a mamá.
—¿Eso fue lo que le dijiste?
No respondió.
Continué leyendo.
«Entonces le pregunté si también iba a avergonzar a Valentina por su ropa, por llorar o por cometer errores.
Teresa me dijo que una abuela tenía la obligación de corregir lo que una madre incapaz no podía corregir».
Sentí un dolor profundo.
Mi padre había intentado evitar exactamente lo que acababa de suceder.
Y mi madre lo sabía.
Pero todavía faltaba conocer la razón por la que había escondido la carta durante meses.
Lucía sacó del bolso la última hoja que papá le había entregado en el hospital.
—Mariana, necesito que veas esto.
Reconocí la firma de nuestro padre.
Debajo había una breve instrucción dirigida a mi hermana.
Y cuando Lucía leyó la última línea, mi madre se levantó desesperadamente.
—¡No! ¡Eso no debió salir de aquel hospital!
Parte 3
—Léela, Lucía —dije.
Mi hermana respiró profundamente.
—«Si Teresa se niega a entregarle mi carta a Mariana, dile que la conversación del hospital no terminó como su madre seguramente contará».
Mamá cerró los ojos.
Lucía siguió leyendo.
