Mi hermana Lucía, que trabajaba como maestra, siempre intentaba defenderme.
Pero yo había aprendido desde niña que discutir con mamá solo empeoraba las cosas.
Aquella Nochebuena llegué a la casa familiar a las 7:15.
Llevaba una ensalada, un pastel casero y a Valentina vestida con un suéter azul claro que había tejido durante varias noches.
Mi madre abrió la puerta y ni siquiera me saludó.
—¿Así vas a traer a la niña?
Miré a mi hija.
—¿Qué tiene?
—Ese vestido parece comprado en un tianguis.
Te mandé el enlace de una boutique.
—Costaba 2,400 pesos, mamá.
—Por eso nunca vas a salir adelante.
Siempre conformándote con cualquier cosa.
Apreté los labios.
Era Navidad.
No quería discutir.
Pero cuando entré a la sala observé algo extraño.
Mi madre estaba junto a la chimenea decorativa, sosteniendo un sobre color crema.
En cuanto me vio, lo escondió debajo de unas tarjetas navideñas.
Reconocí inmediatamente la letra escrita al frente.
Era la de mi padre.
Antes de poder preguntarle, mi tía anunció que la cena estaba servida.
Durante los primeros 20 minutos todo pareció normal.
Hasta que Valentina estiró una manita, jaló accidentalmente el mantel y tiró mi vaso.
El agua empapó la mesa.
—Perdón, yo limpio —dije, levantándome.
Pero mi madre golpeó la mesa con la palma.
—¡Ya basta! ¡Ni una cena puedes pasar sin causar problemas!
Valentina comenzó a llorar.
Entonces vinieron los insultos.
Mi divorcio.
Mi departamento.
Mi sueldo.
Mi supuesta incapacidad para ser madre.
Y finalmente, aquella frase sobre papá.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—No vuelvas a utilizar su nombre para humillarme.
