El esposo de mi hija quería obligar a mi nieta a llamarlo “papá” delante de todos. Cuando ella se negó, la abandonó en una carretera helada. Mi hija me escribió: “Ahora es tu problema”. La abrigué y la llevé al lugar donde él preparaba su gran anuncio. Al entrar, todos se levantaron y mi nieta preguntó por qué. Yo permanecí tranquila: tenía pruebas de veintitrés operaciones que él había mantenido en secreto.
La fábrica había aumentado sus ventas casi treinta por ciento y contaba con pedidos suficientes para continuar operando.
El salón estalló en protestas.
—¡Entonces nos mintió!
—¡Nos hizo creer que íbamos a perderlo todo!
Ricardo intentó defenderse.
—¡Eran proyecciones diferentes! ¡La empresa necesitaba inversión!
Mauricio, el comprador, tomó nuevamente la palabra.
—Una cosa es necesitar inversión y otra muy distinta ocultar información para adquirir acciones a precios inferiores a su valor.
Miró a Ricardo con evidente disgusto.
—Nuestra propuesta era preliminar y estaba sujeta a revisión. Después de lo que he escuchado, retiro la oferta.
—¡No puedes hacerlo! —gritó Ricardo.
—No voy a comprometer millones de pesos con una administración en la que ya no confío.
Mauricio recogió su portafolio.
Antes de marcharse, se volvió hacia los trabajadores.
—La marca de esta fábrica tiene valor. Pero hoy comprendí que su mayor valor está en las personas que la construyeron.
Y salió.
El silencio que quedó fue distinto.
No era miedo.
Era la sensación de haber estado a punto de perder algo irremplazable.
Julián anunció que la venta ya no podía someterse a votación en los términos propuestos.
Después planteó solicitar formalmente al consejo de administración la destitución del director general y una revisión independiente de todas las operaciones con acciones.
La mayoría de los accionistas presentes respaldó la propuesta.
Esa misma noche, el consejo se reunió en una oficina contigua.
Teresa se abstuvo de participar en la decisión sobre Ricardo debido a su relación familiar con él.
Los demás consejeros votaron a favor de removerlo de la dirección y designaron provisionalmente al jefe de producción.
Cuando Ricardo recibió la noticia, su rostro cambió por completo.
—¡Teresa, tú me trajiste aquí! —le reclamó—. ¡Te debo este puesto y ahora me traicionas!
La mujer lo miró con tristeza.
—Te recomendé porque pensé que cuidarías esta fábrica. Me equivoqué. Y hoy estoy respondiendo por ese error.
Ricardo buscó a Adriana entre los asistentes.
—Diles algo. Tú sabes cómo es tu hija. Siempre me ha provocado.
Adriana estaba sentada sola, todavía con su vestido elegante.
Por primera vez, no intentó defenderlo.
Miraba las enormes botas de Lucía.
Recordó que aquella tarde había pasado casi una hora en un salón de belleza preparando su peinado.
Cuando recibió el mensaje de Ricardo, ni siquiera preguntó dónde había dejado a su hija.
Simplemente escribió que Lucía ya no era su problema.
Mientras los demás comenzaron a salir, Adriana se acercó lentamente a la niña.