El esposo de mi hija quería obligar a mi nieta a llamarlo “papá” delante de todos. Cuando ella se negó, la abandonó en una carretera helada. Mi hija me escribió: “Ahora es tu problema”. La abrigué y la llevé al lugar donde él preparaba su gran anuncio. Al entrar, todos se levantaron y mi nieta preguntó por qué. Yo permanecí tranquila: tenía pruebas de veintitrés operaciones que él había mantenido en secreto.
Después, el representante del grupo comprador, Mauricio Valdés, se puso de pie.
—Hay algo que debo aclarar —dijo—. El señor Salgado pasó por mí al hotel poco después de las seis. Venía de buen humor y me comentó que su hijastra estaba enferma y no asistiría.
Ricardo palideció.
—Mauricio, no tienes por qué involucrarte.
—Desde el hotel vinimos directamente aquí. Nunca regresamos a buscar a ninguna niña.
El murmullo recorrió el salón.
Una trabajadora levantó la mano.
—¿Y dónde estaba su abrigo?
—En la camioneta de Ricardo —respondió Teresa—. Los policías pudieron fotografiarlo en el asiento trasero.
Doña Ofelia apretó los puños.
—Entonces sabía perfectamente que la había dejado sin ropa suficiente.
Ricardo golpeó la mesa.
—¡Basta! ¡No voy a permitir que destruyan una operación millonaria por una discusión doméstica!
Teresa permaneció inmóvil.
—No, Ricardo. La venta todavía no se ha aprobado. Y lo que acabamos de escuchar no es una simple discusión.
Julián pidió silencio.
—Antes de continuar con el proyecto de venta, hay documentos que todos los accionistas deben conocer.
Emilia se acercó con la carpeta.
En la pantalla apareció una relación de operaciones realizadas durante octubre y noviembre.
Veintitrés compraventas de acciones.
Todas a nombre de Adriana Salgado.
Todas gestionadas durante las semanas posteriores al primer acercamiento formal con los inversionistas.
—Estas operaciones permitieron que la esposa del director alcanzara el límite de participación permitido por nuestros estatutos —explicó Emilia.
Ricardo se cruzó de brazos.
—Las compras fueron voluntarias. Nadie obligó a vender.
Entonces una mujer de setenta y cuatro años se levantó lentamente.
Era doña Ofelia.
Había trabajado más de cuarenta años pintando esferas.
—Yo vendí mis acciones —confesó—. Y quiero explicar por qué.
Su voz temblaba.
—En octubre, el señor Ricardo llegó a mi casa con un pastel. Se sentó en mi cocina y me dijo que la fábrica estaba por quebrar. Que pronto mis acciones no valdrían ni el papel donde estaban impresas.
Ricardo negó con la cabeza.
—Eso es una interpretación.
—Me ofreció tres mil pesos por mi paquete de acciones. Dijo que me estaba haciendo un favor.
La mujer respiró profundamente.
—Hoy escuché que el grupo comprador estaba ofreciendo un valor equivalente a nueve mil pesos por ese mismo paquete.
Un hombre se levantó detrás de ella.
—A mí me dijo exactamente lo mismo.
Después habló otro jubilado.
—Me aseguró que si esperaba hasta diciembre, perdería todo.
Y otro.
Y otro más.
Varios explicaron que habían vendido por miedo, convencidos de que su antigua fábrica estaba a punto de desaparecer.
Teresa sintió un dolor profundo.
Aquellos eran los mismos trabajadores que treinta años atrás habían resistido las ofertas de compradores oportunistas para conservar su patrimonio.
Esta vez habían confiado en el hombre que ella misma recomendó.
Emilia mostró entonces una segunda carta.
—Este documento fue enviado por el señor Salgado al grupo inversionista durante las mismas semanas en que se realizaron las compraventas.