El día que cobró su sueldo, mi prometido me pidió que comprara salmón caro para cenar, aunque llevaba dos meses sin darme dinero. “Tú querías ahorrar viviendo juntos. Mi sueldo está con mamá y el tuyo alcanza para comer”, me dijo. En lugar de comprarle pescado, preparé un solo plato. Esa noche descubrí por qué su madre necesitaba tanto aquel dinero.

  • —No olvides tu ratón para videojuegos. El que supuestamente compraste con puntos de recompensa.
  • Me lanzó una mirada furiosa.
  • —Te vas a arrepentir. Nadie va a soportar ese carácter controlador.
  • —Prefiero estar sola que mantener a alguien que ni siquiera reconoce mi esfuerzo.
  • Recogí las llaves del departamento que dejó sobre la mesa.
  • Cuando abrió la puerta, nuestra vecina, la señora Lupita, estaba acomodando unas bolsas de basura en el pasillo.
  • —¿Todo bien, Mariana? —preguntó, mirando la maleta.
  • —Sí, señora Lupita. Solamente estamos haciendo unos cambios en la casa.
  • Daniel salió sin despedirse.
  • Desde las escaleras todavía alcanzó a gritar:
  • —¡Cuando compre mi propia casa, no quiero verte aparecer por ahí!
  • Cerré la puerta.
  • Por primera vez en dos meses, el departamento quedó completamente silencioso.
  • Me senté en el sofá y lloré.
  • No porque quisiera que Daniel regresara, sino porque me dolía aceptar que había construido tantas ilusiones alrededor de una persona que nunca había estado dispuesta a compartir mis responsabilidades.
  • Lloré por las horas extras, por los planes que había hecho y por aquella versión de mí que siempre encontraba una excusa para justificarlo.
  • Después fui a la cocina.
  • Todavía quedaba un pedazo de carne para el día siguiente.
  • Lo guardé cuidadosamente en el refrigerador.
  • Era curioso. Aquella noche había terminado una relación, pero por primera vez en semanas sabía que mi comida alcanzaría hasta mañana.
  • A la mañana siguiente revisé mis cuentas.
  • Sumé las rentas, los servicios, el supermercado y los retiros que había hecho de mis ahorros.
  • La cantidad me provocó un dolor en el estómago.
  • Había gastado más de treinta y ocho mil pesos sosteniendo una convivencia que supuestamente nos permitiría ahorrar.
  • Le envié a Daniel un último mensaje con el desglose de los gastos compartidos y la parte que había quedado pendiente.
  • No contestó.
  • Una semana después, Graciela apareció en la florería donde trabajaba.
  • Llegó vestida elegantemente, con una bolsa de marca y el rostro lleno de indignación.
  • —Mariana, tenemos que hablar.
  • Mi compañera Lucía me miró desde el mostrador.
  • —¿Todo bien?
  • —Sí, gracias. Yo me encargo.
  • Graciela se acercó.
  • —Mi hijo está muy mal por tu culpa. Casi no duerme.
  • —Lamento que esté pasando por eso.
  • —Lo echaste como si fuera cualquier desconocido. Ahora tiene que levantarse temprano para sacar a pasear a los perros, porque yo ya no puedo con todo.
  • Tuve que contener una sonrisa.
  • —Puede ayudarle con sus mascotas. Después de todo, vive en su casa.
  • —¡Él trabaja todo el día! Necesita descansar.
  • La miré fijamente.
  • —Yo también trabajo todo el día, señora Graciela.
  • No respondió.
  • —Además —continuó—, Daniel dice que todavía te ama. Deberías darle otra oportunidad.
  • —¿Él le pidió que viniera?
  • Graciela desvió la mirada.
  • —Soy su madre. Tengo derecho a preocuparme por su futuro.
  • —Entonces ayúdelo a aprender a hacerse responsable de sus gastos. Eso le servirá mucho más que convencerme de recibirlo otra vez.
  • Se puso roja.
  • —Siempre supe que eras una mujer interesada.
  • Por primera vez, aquella acusación no me lastimó.
  • —Si fuera interesada, señora Graciela, habría buscado un hombre que me mantuviera. Yo solamente quería uno que no me utilizara.
  • Lucía tuvo que fingir que acomodaba un ramo para esconder su expresión de sorpresa.
  • Graciela se marchó sin despedirse.
  • Pasaron dos meses.
  • La temporada de graduaciones llenó la florería de pedidos. Trabajé muchísimo, pero las comisiones fueron buenas.
  • Pude reponer una parte importante de mis ahorros. Compré ropa nueva, salí a cenar con mis amigas y comencé a planear unas vacaciones cortas en la playa.
  • Sobre todo, recuperé una tranquilidad que había olvidado.
  • Una tarde de viernes estaba tomando café con Lucía cuando sonó mi teléfono.
  • Era Daniel.
  • Dudé unos segundos antes de contestar.
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