El día que cobró su sueldo, mi prometido me pidió que comprara salmón caro para cenar, aunque llevaba dos meses sin darme dinero. “Tú querías ahorrar viviendo juntos. Mi sueldo está con mamá y el tuyo alcanza para comer”, me dijo. En lugar de comprarle pescado, preparé un solo plato. Esa noche descubrí por qué su madre necesitaba tanto aquel dinero.

  • —¡No puedes terminar un compromiso por un perro! ¡Mira nada más qué clase de mujer eres!
  • —No estoy terminando por un perro. Estoy terminando porque su hijo me utilizó y porque ninguno de ustedes ve algo malo en eso.
  • Colgué.
  • Daniel seguía de pie, con el teléfono en la mano.
  • Durante algunos segundos no dijo absolutamente nada.
  • Finalmente, habló.
  • —Mariana, podemos arreglarlo.
  • —¿Cómo?
  • —Hablaré con mi mamá. Le voy a exigir que venda a Canela y me devuelva el dinero.
  • —Ese problema es entre ustedes.
  • —Pero yo te amo.
  • Lo miré, buscando en su rostro al hombre del que me había enamorado.
  • Recordé nuestras primeras citas, cuando me llevaba un café al trabajo y me esperaba bajo la lluvia. Recordé cómo me abrazaba mientras caminábamos por el centro de Puebla y cómo señalaba las casas antiguas imaginando dónde podríamos vivir.
  • Durante mucho tiempo había creído que compartíamos los mismos sueños.
  • Ahora comprendía que tener el mismo sueño no significaba estar dispuestos a hacer los mismos sacrificios.
  • —Daniel, cuando te dije que no me alcanzaba el dinero, me contestaste que sacara más de mis ahorros. Cuando te pedí ayuda para comprar comida, me dijiste que tu mamá sabía administrar mejor. Y cuando recibiste tu sueldo, preferiste pedir salmón antes de preguntarme si había podido pagar la luz.
  • Bajó la mirada.
  • —No pensé que te estuviera afectando tanto.
  • —Te lo dije varias veces.
  • —Creí que estabas exagerando.
  • Aquellas seis palabras terminaron de romper algo dentro de mí.
  • No había sido un malentendido.
  • Me había escuchado. Simplemente había decidido que mi cansancio no importaba.
  • —Tienes quince minutos para recoger tus pertenencias —le dije—. El contrato de renta está a mi nombre y ya no quiero seguir viviendo contigo.
  • —¿Me estás corriendo?
  • —Te estoy diciendo que nuestra relación terminó y que necesito que te vayas.
  • —¡Pero es casi medianoche!
  • —Tu mamá vive a veinte minutos en coche. Puedes pedir un taxi.
  • Daniel soltó una risa amarga.
  • —No puedo creer que estés haciendo esto por dinero.
  • Me acerqué al clóset y saqué la misma maleta deportiva con la que había llegado.
  • —Precisamente porque tú crees que todo se reduce al dinero, no entiendes lo que acabas de perder.
  • Daniel abrió la boca, pero no encontró respuesta.
  • Empezó a guardar sus cosas de mala gana. Primero metió sus camisas, después los pantalones y finalmente los audífonos y accesorios que había comprado durante aquellas semanas.
  • Cuando tomó sus tenis nuevos, no pude evitar recordarle algo.
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