El día que cobró su sueldo, mi prometido me pidió que comprara salmón caro para cenar, aunque llevaba dos meses sin darme dinero. “Tú querías ahorrar viviendo juntos. Mi sueldo está con mamá y el tuyo alcanza para comer”, me dijo. En lugar de comprarle pescado, preparé un solo plato. Esa noche descubrí por qué su madre necesitaba tanto aquel dinero.

  • —¿Y los muebles para el estudiante?
  • —Mariana, no entiendo tantas preguntas.
  • Miré a Daniel. Estaba parado junto a la mesa, completamente inmóvil.
  • —Es que Daniel acaba de contarme que lleva dos meses depositándole su sueldo para que usted lo guarde y nos ayude a comprar una casa. Pero ahora resulta que está utilizando ese dinero para remodelar.
  • —¡Eso es una inversión! —respondió Graciela, elevando la voz—. Ustedes son jóvenes y no saben cómo manejar el dinero.
  • —Entonces supongo que puede enseñarnos alguna fotografía de los trabajos.
  • —No tengo por qué demostrarte nada.
  • —¿Y de Duquesa Canela sí tiene fotografías?
  • El silencio que siguió fue tan profundo que pude escuchar la respiración de Daniel.
  • —¿De qué estás hablando? —preguntó ella finalmente.
  • —De su nueva perrita. La que presumió ayer en Facebook. La que compró en un criadero especializado.
  • Graciela soltó una carcajada nerviosa.
  • —Ay, Mariana, no seas ridícula. ¿Ahora también vas a meterte con mis mascotas?
  • —No tengo ningún problema con sus mascotas. Usted puede tener diez perros si quiere. Lo que me preocupa es que mi novio no ha pagado ni un peso de nuestros gastos porque asegura que usted está guardando su dinero.
  • Daniel por fin reaccionó.
  • —Mamá, dime la verdad. ¿Qué pasó con mis depósitos?
  • —¡Ay, hijo, no empieces tú también!
  • —Te transferí veintiséis mil pesos el mes pasado y otros veintiséis mil hoy. Son cincuenta y dos mil pesos. ¿Dónde están?
  • Graciela titubeó.
  • —Están invertidos.
  • —¿En qué?
  • —En algo que va a producir beneficios.
  • —Mamá, necesito que seas específica.
  • La mujer perdió la paciencia.
  • —¡Está bien! Compré a Canela. ¿Y qué? Tiene un pedigrí extraordinario. Cuando empiece a ganar concursos, su valor aumentará. Además, el criadero me ofreció asesoría para participar en exposiciones.
  • Daniel cerró los ojos.
  • Yo sentí una mezcla extraña de indignación y alivio. Al menos, finalmente, la mentira tenía nombre.
  • —¿Cuánto costó? —preguntó él.
  • —Treinta y ocho mil pesos, pero eso no incluye los trámites, las vacunas especiales, el transportín ni el entrenamiento.
  • —¿Y el resto de mi dinero?
  • —Lo ocupé en esas cosas. También tuve que pagar una inscripción para una exposición canina.
  • Daniel se pasó ambas manos por la cara.
  • —Mamá, ese dinero era para mi casa.
  • La respuesta de Graciela me dejó helada.
  • —Pues si de verdad estás pensando en casarte con Mariana, más te vale empezar a acostumbrarte a que las mujeres administramos las cosas. Yo también estoy pensando en tu futuro.
  • No pude contenerme.
  • —Señora Graciela, yo llevo dos meses manteniendo a su hijo. He pagado la renta, la comida, la electricidad, el agua y hasta los productos que él utiliza para bañarse. Mientras yo reducía mis gastos y tocaba mis ahorros, ustedes estaban comprando perros de concurso.
  • —¡Nadie te pidió que lo mantuvieras! —respondió indignada.
  • —Su hijo me pidió vivir juntos para ahorrar.
  • —Porque tú lo convenciste de mudarse. Si lo invitaste a tu casa, ahora no puedes reclamarle cada cosa que come.
  • Daniel no dijo nada.
  • Y entonces entendí que el problema era mucho más grande que unos depósitos desaparecidos.
  • Su madre no solamente había aprovechado su dinero. También le había enseñado que mi esfuerzo era una obligación y que él tenía derecho a disfrutarlo sin corresponderme.
  • —Una última pregunta, señora Graciela —dije—. ¿Usted sabía que Daniel no estaba aportando nada para nuestros gastos?
  • —Mi hijo me lo contó. Y me parece muy bien que esté ahorrando. Tú tienes trabajo, no estás pasando hambre.
  • Sentí un nudo en la garganta.
  • Durante aquellas semanas yo había llegado a casa agotada, con las manos lastimadas por las espinas de las rosas. Había contado monedas para completar el pasaje y rechazado invitaciones de mis amigas porque no quería gastar.
  • Y todo ese tiempo la mujer que me criticaba por cocinar verduras sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo.
  • —Pues le tengo una noticia —respondí—. Su hijo va a regresar a vivir con usted esta misma noche.
  • —¡Ni se te ocurra! —gritó inmediatamente—. Aquí tengo mis cosas acomodadas. Los perros necesitan tranquilidad.
  • —Entonces tendrá que hacerle espacio.
  • —¡Mariana, no puedes tomar decisiones así! ¡Ustedes se van a casar!
  • —Ya no, señora Graciela.
  • Daniel levantó la cabeza como si acabara de recibir una bofetada.
  • —¿Qué acabas de decir?
  • Lo miré directamente.
  • —Que no voy a casarme contigo.
  • Su madre empezó a hablar atropelladamente al otro lado del teléfono.
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