Después de nueve días viendo a nuestra hija conectada a un respirador, mi ex me dijo: “Mañana hablarán de desconectarla. No sigas haciéndote ilusiones”. Su novia estaba a su lado, mirándome con desprecio. No discutí. Me acerqué a la cama y tomé la mano de mi pequeña. Me apretó dos veces, como hacíamos cuando tenía miedo. Entonces descubrí que mi ex me había ocultado algo terrible.
«Mamá, cuando regreses necesito contarte algo sobre Natalia. Ya no quiero quedarme en casa de papá».
En ese instante comprendí que los nueve días de silencio de Ricardo podían esconder algo mucho peor que un accidente.
Y todavía no imaginaba lo que descubriría al día siguiente.
PARTE 2
—Señora Alejandra, hay algo extraño en el expediente de su hija. El número registrado para localizarla no corresponde al que usted utiliza actualmente.
La trabajadora social del hospital, Marisol Herrera, colocó una hoja frente a mí.
Reconocí inmediatamente aquellos dígitos.
Era un teléfono que había dejado de usar cuatro años atrás.
—Ricardo conoce mi número actual. Él mismo me llamó para avisarme del accidente.
Marisol guardó silencio unos segundos.
—Vamos a revisar quién proporcionó los datos al momento del ingreso.
Sentí que me ardía la cara.
Durante nueve días había intentado comunicarme directamente con los médicos, pero siempre encontraba dificultades para verificar mi identidad.
Ricardo me aseguraba que solucionaría el problema.
Ahora comenzaba a preguntarme si realmente había querido hacerlo.
Llamé a mi abogada, Verónica Salazar, quien se había encargado de nuestro divorcio tres años antes.
Ricardo y yo compartíamos la patria potestad de Sofía. Aunque por mis misiones militares ella permanecía temporalmente con su padre, las decisiones médicas importantes debían comunicarse a ambos.
—Alejandra, conserva todos los mensajes —me aconsejó Verónica—. Solicita formalmente el expediente y no permitas que Ricardo convierta esto en una pelea de pareja. Lo importante es proteger a Sofía.
Aquella tarde recibí la visita de doña Elena, una vecina de sesenta y cinco años que conocía a mi hija desde que era pequeña.
Traía un termo de caldo de pollo y una bolsa con pan dulce.
Pero apenas se sentó junto a mí, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Hay algo que debí contarte antes, hija.
—¿Qué pasó?
—Sofía me llamó la noche anterior al accidente. Quería saber si podía quedarse conmigo unos días.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—¿Por qué?
—Dijo que Natalia se enojaba cuando hablaba contigo. Que siempre la hacía sentir como una intrusa en la casa de su papá.
Recordé todos los mensajes en los que Sofía me decía que estaba aburrida, que extrañaba su habitación y que deseaba que yo regresara pronto.
Nunca imaginé que detrás de aquellas frases había tanto miedo.