Después de nueve días viendo a nuestra hija conectada a un respirador, mi ex me dijo: “Mañana hablarán de desconectarla. No sigas haciéndote ilusiones”. Su novia estaba a su lado, mirándome con desprecio. No discutí. Me acerqué a la cama y tomé la mano de mi pequeña. Me apretó dos veces, como hacíamos cuando tenía miedo. Entonces descubrí que mi ex me había ocultado algo terrible.
El doctor Samuel Ortega llegó veinte minutos después. Escuchó mi explicación y examinó a Sofía con mucha atención.
—Señora Alejandra, después de una lesión cerebral grave pueden aparecer movimientos reflejos. No quiero darle falsas esperanzas. Necesitamos repetir las evaluaciones.
—Hagan todas las que sean necesarias, doctor.
Entonces pregunté algo que llevaba atormentándome desde el pasillo.
—¿Es verdad que mañana van a desconectarla?
El médico frunció el ceño.
—No se ha tomado ninguna decisión semejante. Tenemos programada una reunión para revisar su evolución y explicar las opciones de tratamiento. Su hija continúa en observación.
Sentí un escalofrío.
Ricardo me había presentado aquella reunión como una sentencia definitiva.
Yo tenía treinta y siete años y llevaba dieciséis sirviendo en el Ejército. Cuando ocurrió el accidente, participaba en una misión de apoyo humanitario en una zona del Caribe devastada por un huracán.
Las comunicaciones habían fallado y los vuelos de salida se suspendieron durante días. Hice todo lo posible por regresar.
Durante ese tiempo, Ricardo me repetía lo mismo:
«Sofía está estable».
«Los médicos están haciendo lo necesario».
«No molestes al hospital. Yo me encargo».
Jamás me explicó que el pronóstico era tan delicado.
Cuando finalmente conseguí revisar el resumen de ingreso, descubrí otro detalle.
El accidente había ocurrido un martes, a las 10:43 de la noche.
Pero esa misma noche, a las 7:16, Ricardo me había enviado un mensaje:
«Sofía ya está dormida. Todo está bien».
Ricardo volvió a entrar en la habitación.
Le mostré la información.
—¿Por qué nuestra hija estaba fuera de casa casi a las once de la noche?
Su rostro perdió el color.
—Alejandra, ahora no es momento.
—Entonces dime quién estaba con ella.
Miró hacia el pasillo, donde Natalia esperaba con los brazos cruzados.
—Fue un accidente. No empieces a buscar culpables.
—Solamente te estoy preguntando qué pasó.
Ricardo no contestó.
Se marchó sin mirarme.
Y cuando abrí los últimos mensajes que Sofía me había enviado antes del accidente, encontré uno que había dejado pendiente.