Cuando mi hijo se enteró de que necesitaba una operación urgente, me quitó los 285 mil pesos que había ahorrado y dijo: “Mamá, a tu edad es mejor no gastar en médicos”. Creyó que me quedaría llorando y esperando su ayuda. Pero yo encontré la factura de una camioneta y preparé todo en silencio. La mañana de mi cirugía, él recibió una sorpresa que jamás imaginó…
—Está muy bien cuidada, doña Rosa. Le puedo pagar 600 mil pesos.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
Seiscientos mil.
Mucho más de lo que necesitaba para operarme.
—Acepto —respondí.
Pero antes de concretar la venta, le pedí una cosa.
—Quiero hacer todo correctamente. No deseo problemas ni para usted ni para mí.
—Así será. Firmaremos el contrato y haremos los trámites. Usted me entregará el vehículo y los documentos.
El miércoles nos reunimos. Don Julián llevó el contrato y comprobamos los datos de la camioneta.
Firmé con una mano que no dejaba de temblar.
Cuando aparecieron los 600,000 pesos en mi nueva cuenta, Camila comenzó a llorar.
—Abuelita, ya vas a poder operarte.
La abracé.
Por primera vez en dos semanas sentí algo parecido a la esperanza.
Esa tarde confirmé la cirugía y pagué los 285,000 pesos.
Después hice otras tres cosas.
Abrí una inversión de 140,000 pesos destinada a los estudios de Camila, que quedaría bajo su control. Separé 55,000 para mis gastos y cualquier emergencia durante la recuperación.
Y transferí 120,000 pesos a una persona cuya existencia mi hijo había tratado de esconder durante años.
Se llamaba Diego.
Tenía veinticinco años.
Y también era mi nieto.
La primera vez que supe de Diego fue cinco años atrás, cuando Sergio me pidió registrar la camioneta a mi nombre.
Entonces me explicó que tenía problemas con un crédito y unas pensiones alimenticias atrasadas.
—Es un asunto viejo, mamá. Ya casi está arreglado.
Le pregunté de qué pensión hablaba.
Al principio intentó evadirme.
Finalmente confesó que había tenido un hijo con una muchacha llamada Adriana, antes de casarse con Lorena.
Nunca me había hablado de él.
Me aseguró que la relación terminó mal, que ella no quería saber nada de nuestra familia y que él había cumplido con todas sus obligaciones.
Yo le creí.
Pero después de lo sucedido con mi operación comprendí que las palabras de Sergio ya no eran suficientes.
Busqué a Adriana mediante una antigua conocida de la familia.
Hablamos por teléfono el martes por la noche.
Me contó una historia muy diferente.
Sergio había reconocido a Diego, pero durante años había dejado de aportar lo que le correspondía. Adriana lo había sacado adelante trabajando como costurera y empleada de una tienda.
—Nunca quise separarlo de usted, señora Rosa —me dijo—. Sergio aseguró que su familia no quería conocer a mi hijo.
Sentí una vergüenza imposible de describir.
Después me pasó el teléfono con Diego.
—¿Bueno?
—Diego, soy Rosa María. La mamá de tu papá.
Hubo un silencio larguísimo.
—¿Mi abuela?
Aquellas dos palabras me hicieron llorar.
Le expliqué que acababa de enterarme de muchas cosas. Le pedí perdón por todos los cumpleaños que no compartimos y por cada Navidad en la que creyó que no tenía abuela paterna.