Cuando mi hijo se enteró de que necesitaba una operación urgente, me quitó los 285 mil pesos que había ahorrado y dijo: “Mamá, a tu edad es mejor no gastar en médicos”. Creyó que me quedaría llorando y esperando su ayuda. Pero yo encontré la factura de una camioneta y preparé todo en silencio. La mañana de mi cirugía, él recibió una sorpresa que jamás imaginó…
—La factura está a su nombre, doña Rosa. También aparece usted como propietaria en el registro. ¿Su hijo tiene algún documento que demuestre que usted le vendió o regaló la camioneta?
—No. Nunca se la regalé. Solamente le permití utilizarla.
—Entonces, en principio, puede venderla. Pero tenemos que revisar bien los papeles y hacer correctamente el cambio de propietario.
Me miró con curiosidad.
—Disculpe la pregunta, señora. ¿Por qué quiere venderla precisamente ahora?
Le conté todo.
Los seis años ahorrando. La operación. Las transferencias. El collar de diamantes. Las llamadas a mis familiares anunciando una muerte que todavía no había llegado.
Don Julián escuchó sin interrumpirme.
Cuando terminé, se quedó mirando la fotografía de Manuel.
—Mi madre murió hace tres años —dijo finalmente—. Daría todo lo que tengo por poder llevarla otra vez a desayunar. Su hijo todavía puede abrazarla y está desperdiciando esa oportunidad.
Después revisó nuevamente la factura.
—Voy a ofrecerle un precio justo. Pero antes necesito revisar la camioneta y confirmar que toda la documentación esté en orden.
Aquella tarde llamé al doctor Ramírez.
—Doctor, quizá consiga el dinero.
—Doña Rosa, tengo un espacio disponible el próximo jueves. Si puede cubrir el costo y sus estudios siguen siendo adecuados, podremos operarla.
Me quedé muda.
—¿El jueves?
—Sí. Pero debe confirmarme cuanto antes.
Colgué y miré a Camila.
—Tenemos cuatro días, hija.
El lunes fuimos a realizar los trámites correspondientes. Solicité la documentación vehicular que necesitábamos y pedí orientación para concretar la venta sin dejar pendientes.
Después acudí al banco.
Cerré el acceso que Sergio tenía a mi aplicación, cambié contraseñas y abrí una cuenta nueva.
La empleada que me había atendido el domingo anterior me reconoció.
—¿Cómo sigue, doña Rosa?
—Todavía me duele caminar, señorita. Pero ya no voy a permitir que nadie decida por mí.
Me apretó la mano.
El martes, don Julián revisó la camioneta, estacionada en la calle frente al edificio de Sergio. Yo le había dado la segunda llave y una autorización para inspeccionarla.
La Toyota estaba impecable.
Mi hijo podía olvidarse durante meses de visitarme, pero jamás olvidaba lavar su camioneta.