Cuando mi hijo se enteró de que necesitaba una operación urgente, me quitó los 285 mil pesos que había ahorrado y dijo: “Mamá, a tu edad es mejor no gastar en médicos”. Creyó que me quedaría llorando y esperando su ayuda. Pero yo encontré la factura de una camioneta y preparé todo en silencio. La mañana de mi cirugía, él recibió una sorpresa que jamás imaginó…
—Yo pensaba que usted sabía de mí y no quería conocerme —confesó.
—No, hijo. Jamás habría decidido algo así.
Diego trabajaba como electricista y estaba ahorrando para casarse.
Le pedí sus datos bancarios.
—Quiero regalarte algo. No arreglará los años perdidos, pero quisiera ayudarte a empezar tu vida.
Él se negó varias veces.
Insistí.
Cuando recibió los 120,000 pesos, volvió a llamarme.
—Abuela, no tenía que hacerlo.
—Lo sé. Precisamente por eso quiero hacerlo.
Aquella noche dormí tranquila por primera vez en muchos días.
El jueves, a las seis de la mañana, don Julián recogió la camioneta con los documentos de la venta ya firmados.
Habíamos acordado que retiraría las pertenencias personales de Sergio y Lorena, las acomodaría en una caja y las dejaría en la entrada de su edificio.
También le entregué una nota.
La había escrito tres veces porque me temblaban las manos.
A las seis y media recibí una fotografía.
Mostraba el espacio vacío donde Sergio estacionaba siempre.
Junto a la entrada había una caja de cartón con sus pertenencias.
Encima estaba mi mensaje.
Decía:
«Hijo: según tú, a mi edad ya no vale la pena operarse. Pues a tu edad ya deberías saber que no puedes adueñarte de lo que pertenece a otra persona. La camioneta era mía. La vendí para recuperar mi salud. Mamá».
A las siete, Camila me acompañó a la clínica.
Durante el trayecto observé las calles de Puebla por la ventana del taxi.
Pasamos frente a una construcción donde una enorme grúa levantaba materiales.
Recordé mis treinta y un años trabajando entre estructuras de hierro.
Había ayudado a construir edificios para miles de familias.
Ahora iba a intentar reconstruir mi propia vida.
Después supe lo que ocurrió en casa de Sergio.
Camila recibió mensajes de una vecina que conocía el problema.
Alrededor de las siete, mi hijo bajó a encender la camioneta.
Llevaba pants, chanclas y una taza de café.
Cuando descubrió que había desaparecido, comenzó a correr por el estacionamiento.