—Si consigo hablar con esa mujer, recuperaré todo —le aseguró a Camila.
Dos noches después, ambos llegaron al salón del hotel con sus mejores prendas.
Sergio sonreía nerviosamente cuando el maestro de ceremonias anunció:
—Damas y caballeros, recibamos a la presidenta ejecutiva de Grupo Villarreal.
Las puertas se abrieron.
Sergio levantó la copa para brindar.
Pero cuando vio a la mujer que avanzaba por la alfombra, el cristal se le resbaló de los dedos.
—No… —murmuró—. Esto no puede estar pasando.
Y entonces escuchó que todos comenzaban a aplaudir a la persona que él había dejado bajo la lluvia junto a su hija.
PARTE 3
La mujer que entró al salón aquella noche era yo.
Pero ya no llevaba la ropa sencilla con la que Sergio estaba acostumbrado a verme. Vestía un elegante vestido verde esmeralda, el cabello recogido y una discreta gargantilla de diamantes que había pertenecido a mi abuela.
A mi lado caminaba Alonso, acompañado por dos integrantes del consejo directivo de Grupo Villarreal.
—Es un honor presentarles a nuestra presidenta, la licenciada Mariana Villarreal —anunció el maestro de ceremonias—, quien retoma públicamente la dirección del grupo después de varios años dedicada a su vida familiar.
Los aplausos llenaron el salón.
Sergio parecía haber visto un fantasma.
—¡Eso es mentira! —gritó, avanzando entre los invitados—. ¡Esa mujer es mi esposa! ¡Es una mantenida que no sabe hacer nada!
El silencio fue inmediato.
Camila intentó sujetarlo del brazo.
—Sergio, por favor…
Pero él continuó:
—¡Mariana! ¡Deja de hacer el ridículo! ¡No sé con quién te metiste para conseguir este espectáculo, pero vas a pagármelo!
Me detuve frente a él.
—Sergio, llevamos siete años casados. ¿Alguna vez te interesaste por mi familia? ¿Alguna vez preguntaste qué hacía antes de conocerte?
Abrió la boca, pero no encontró respuesta.
—Siempre te dije que mi apellido era Villarreal. Tú decidiste que no significaba nada porque llegué a tu vida sin presumir dinero.
Alonso dio un paso adelante.
