Cuando finalmente abrió los ojos, me preguntó:
—Mami, ¿papá todavía está enojado conmigo?
Aquella pregunta me dolió más que la bofetada.
—Tú no hiciste nada malo, corazón. Nada de esto fue culpa tuya.
Mientras Daniela dormía, firmé la autorización para que mis abogados presentaran la denuncia correspondiente y solicitaran medidas de protección.
Alonso colocó una carpeta sobre la mesa.
—Mariana, también encontramos irregularidades graves en la constructora de Sergio. Hay desvíos de recursos y facturas por operaciones que nunca existieron.
Sabía exactamente de dónde provenía buena parte del dinero de aquella empresa.
Durante tres años, un fondo familiar había financiado discretamente sus proyectos mediante contratos legales. Sergio creía que el dinero venía de inversionistas extranjeros.
Nunca imaginó que la mujer a la que llamaba mantenida había sostenido su negocio.
—No quiero que inventen nada ni que utilicen influencias para perjudicarlo —le dije—. Revisen los contratos y presenten las pruebas. Que responda por lo que realmente hizo.
A la mañana siguiente comenzaron los problemas.
Un banco suspendió temporalmente varias operaciones de la empresa por movimientos sospechosos. Los acreedores exigieron explicaciones y uno de sus principales financiamientos entró en incumplimiento.
Sergio recibió llamadas durante horas.
—¡Es imposible! ¡Mi empresa factura millones!
Camila, más preocupada por sus compras, intentó utilizar una tarjeta corporativa.
Fue rechazada.
Furiosa, se dirigió a una boutique de lujo en Guadalajara, donde me encontró comprándole ropa a Daniela.
—¡Miren nada más! —gritó—. ¡La mujer que anoche estaba llorando en el lodo ahora quiere fingir que es millonaria!
Las clientas voltearon a mirarnos.
Camila señaló un pequeño abrigo rosa que yo sostenía.
—Ese abrigo cuesta más de lo que tú ganas en seis meses.
La encargada me pidió que dejara la prenda.
Antes de responder, apareció el gerente general de la tienda.
—Señora Villarreal, le ofrecemos una disculpa. No sabíamos que vendría personalmente.
Camila soltó una carcajada.
—¡Está confundido! ¡Ella es la esposa pobre de Sergio Robles!
El gerente la miró seriamente.
—Señora, le pido que deje de molestar a nuestra clienta.
Camila terminó saliendo humillada, pero se convenció de que yo estaba involucrada con algún empresario poderoso.
Esa misma tarde, Sergio recibió una invitación que le devolvió la esperanza.
