💖😥Mi suegra exigió que pagáramos 18 mil pesos mensuales para mantener a su hija de 26 años, solo porque mi abuela se negaba a abandonar su propio departamento. «Hasta que esa casa quede libre, ustedes pagarán», sentenció. Mi esposo perdió la paciencia, pero yo acepté con una sonrisa. Al día siguiente, mi cuñada vino a cobrar convencida de que había ganado… sin sospechar que aquella mañana cambiaría todo.
Las otras dos trabajadoras intercambiaron una mirada.
Fernanda sintió que le ardían las mejillas.
Durante las siguientes horas descubrió que limpiar profesionalmente no consistía en pasar un trapo y rociar un producto con olor agradable.
Había que proteger las superficies, utilizar las herramientas adecuadas, retirar residuos sin dañar los acabados y revisar cada rincón antes de entregar el inmueble.
Los vidrios debían quedar transparentes.
Los marcos de las ventanas, impecables.
Las juntas de los azulejos, libres de polvo.
Y cada habitación tenía que cumplir con una lista de revisión.
Fernanda se equivocó varias veces.
Dejó marcas en un espejo, utilizó demasiado producto en el piso y tuvo que repetir parte del trabajo.
A mediodía estaba agotada.
Se sentó junto a una compañera llamada Laura, una mujer de cuarenta y dos años que había llevado comida preparada desde su casa.
—¿Siempre es así de pesado? —preguntó Fernanda.
—Algunos días son peores —respondió Laura, destapando un recipiente con arroz y pollo—. Pero Rosa paga puntualmente. Eso vale mucho.
Fernanda se quedó observándola.
—¿Y no te gustaría hacer otra cosa?
Laura sonrió.
—Claro. Me gustaría terminar mi casa y pagarle la universidad a mi hija. Por eso trabajo.
Aquella respuesta dejó a Fernanda sin palabras.
Por primera vez estaba sentada junto a una mujer que no consideraba el trabajo un castigo, sino una forma de construir el futuro de su familia.
Recordó todas las veces que había llamado fracasadas a las personas que trabajaban limpiando casas.
Y, por primera vez, sintió vergüenza de sus propias palabras.
Cuando terminó la jornada, le dolían las piernas y apenas podía mantener los brazos levantados.
Su maquillaje había desaparecido.
El cabello que había peinado cuidadosamente estaba recogido en una cola desordenada.
Una de sus uñas decoradas se había astillado pese a los guantes.
Rosa revisó el trabajo y le entregó el pago acordado.
Mil pesos.
Fernanda miró los billetes.
—¿Eso es todo?
—Eso es lo que corresponde al turno que aceptaste —contestó Rosa—. Y para ser tu primer día, no estuvo mal.
Fernanda hizo cuentas mentalmente.
Necesitaría trabajar dieciocho jornadas completas únicamente para pagar un mes de renta.
Sin contar transporte, comida, servicios ni sus gastos personales.
Y todavía tendría que reunir otro tanto para el depósito inicial.
—¿Entonces hay personas que trabajan todo el mes y apenas les alcanza para vivir? —preguntó en voz baja.
Rosa asintió.
—Muchas. Y algunas mantienen a sus hijos, a sus padres o a toda su familia.
Fernanda bajó la mirada.
Recordó algo que había dicho la noche anterior:
«Yo no voy a desperdiciar mi tiempo trabajando por unos cuantos pesos».
Ahora aquellos cuantos pesos pesaban en sus manos de una manera completamente distinta.
Pero la vergüenza no fue suficiente para impedir que buscara a alguien a quien culpar.