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A las ocho de la noche, Teresa escuchó que se abría la puerta de su casa.
Levantó la vista del televisor.
—¡Fernandita! ¿Ya te dieron el dinero?
Su hija apareció con el rostro cansado, los zapatos cubiertos de polvo y una bolsa que contenía su ropa de la mañana.
Teresa se levantó de golpe.
—¡Dios mío! ¿Qué te pasó? ¿Te asaltaron?
Fernanda comenzó a llorar.
—¡Mariana me mandó a limpiar un departamento!
—¿Cómo que a limpiar?
—¡Trabajé todo el día! ¡Me duele la espalda, me arruiné las uñas y apenas gané mil pesos!
Teresa quedó paralizada.
Después, su rostro comenzó a enrojecer.
—¡Esa mujer miserable! ¡Te hizo trabajar como si fueras una criada!
Fernanda se dejó caer en el sillón.
—Me dijo que, si quería dinero para independizarme, tenía que ganármelo.
Teresa tomó su teléfono.
—Esto no se va a quedar así.
Daniel y yo estábamos cenando cuando sonó su celular.
Al ver el nombre de su madre, me miró.
—¿Contesto?
—Claro. Ponlo en altavoz.
Apenas aceptó la llamada, escuchamos un grito.
—¡Daniel! ¡Tu esposa es una desgraciada! ¡Humilló a tu hermana delante de desconocidos!
Mi esposo cerró los ojos.
—Mamá, baja la voz.
—¡La obligó a limpiar baños! ¡La mandó a trabajar con una desconocida como si fuera una esclava!
—Rosa es empresaria, Fernanda aceptó un trabajo y recibió su pago —intervine—. Nadie la obligó a quedarse.
—¡Tú cállate, Mariana! ¡No tienes derecho a hablar después de lo que hiciste!
Daniel golpeó suavemente la mesa.
—Mamá, no vuelvas a hablarle así a mi esposa.
Se produjo un silencio.
Teresa parecía incapaz de creer que su hijo acabara de contradecirla.
—¿Vas a defenderla después de lo que le hizo a tu propia hermana?
—Voy a defender lo que es justo.
—¡Fernanda merece una vida mejor!
—Entonces tendrá que trabajar para conseguirla.
Mi suegra soltó una carcajada amarga.
—Desde que te casaste con esa mujer, dejaste de preocuparte por tu verdadera familia.
Daniel se quedó inmóvil.
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