💖😥😱😰Mi yerno me exigió que siguiera conduciendo mientras mi hija, embarazada de ocho meses, lloraba y suplicaba detenerse para ir al baño. “¡Solo faltan veinte minutos, no hagas un drama!”, insistió. Lo miré y respondí: “Mi hija necesita parar”. Entré a la primera gasolinera. Creí que apenas perderíamos diez minutos, hasta que horas después una doctora me reveló lo que esa parada había significado.
Diego llamó a urgencias del hospital materno donde trabajaba la doctora Valeria, la médica que Socorro había contactado.
Nos indicaron cómo mantener a Mariana cómoda y nos pidieron que avisáramos cuando estuviéramos cerca.
Beatriz sostenía la cabeza de mi hija contra su hombro.
—Perdóname, muchacha. Perdóname por todas las veces que te dije que fueras fuerte.
Mariana apenas podía contestar.
—Suegra… me duele mucho.
—Ya no tienes que demostrarle nada a nadie, mi niña.
Aquellas palabras me sorprendieron. Eran las primeras palabras verdaderamente cariñosas que escuchaba de aquella mujer.
Durante el trayecto, Mariana confesó que llevaba cuatro días sufriendo dolores de cabeza. No había querido pedir ayuda porque precisamente aquella semana tenía miedo de terminar hospitalizada.
—¿Por qué esta semana? —pregunté.
Diego bajó la mirada.
—Carmen, después se lo explico.
Su silencio me confirmó que estaban ocultándome algo.
Cuando llegamos a urgencias, la doctora Valeria nos esperaba con una silla de ruedas.
La presión de Mariana había subido a 180 sobre 120.
Los médicos actuaron inmediatamente. Le administraron medicamentos, solicitaron análisis y comenzaron a vigilar los latidos de la bebé.
Poco después, Valeria nos reunió en un pasillo.
—Mariana presenta preeclampsia grave, complicada con un síndrome llamado HELLP. Su hígado está afectado y sus plaquetas están disminuyendo.
Diego se agarró de la pared.
—¿Mi esposa se va a morir?
—Estamos haciendo todo lo posible para evitarlo. Necesitamos estabilizarla y realizar una cesárea urgente. La bebé es prematura y probablemente necesitará cuidados intensivos.
Beatriz comenzó a temblar.
—Doctora… ¿esto puede provocar convulsiones?
Valeria asintió.
—Es una de las complicaciones que queremos prevenir.
Mi consuegra soltó un gemido extraño.
—Dios mío… otra vez no.
Antes de entrar al quirófano, Mariana pidió hablar conmigo a solas.
Tenía una vía intravenosa en el brazo y el rostro pálido.
—Mamá, necesito que me prometas algo.
—Lo que sea, mi vida.
—Si me sucede algo, no permitas que Diego se lleve a mi hija a vivir con sus padres.
Me quedé inmóvil.
—¿Por qué dices eso?
—Prométemelo.
Se lo prometí.
La llevaron a cirugía y las puertas se cerraron ante mis ojos.
Durante las siguientes horas, Diego permaneció sentado en el pasillo, llorando en silencio. Beatriz rezaba mientras apretaba su collar de perlas.
Finalmente, la doctora apareció.
—La niña nació. Pesa aproximadamente un kilo ochocientos gramos y está recibiendo apoyo respiratorio. La cirugía terminó, pero Mariana deberá permanecer en terapia intensiva. Todavía está delicada.
La alegría de saber que mi nieta había nacido se mezcló con el miedo de perder a su madre.