💖😥😱😰Mi yerno me exigió que siguiera conduciendo mientras mi hija, embarazada de ocho meses, lloraba y suplicaba detenerse para ir al baño. “¡Solo faltan veinte minutos, no hagas un drama!”, insistió. Lo miré y respondí: “Mi hija necesita parar”. Entré a la primera gasolinera. Creí que apenas perderíamos diez minutos, hasta que horas después una doctora me reveló lo que esa parada había significado.
Mariana caminó hacia los sanitarios apoyándose en la pared. Cuando fui a buscarla, diez minutos después, la encontré sentada junto al lavabo.
Una desconocida con uniforme de enfermera le estaba tomando la presión.
—Soy Socorro, enfermera obstétrica —se presentó—. Su hija dice que ve destellos y lleva varios días con dolor de cabeza.
El aparato marcaba 160 sobre 100.
Socorro examinó sus tobillos hinchados y endureció el rostro.
—Podría tratarse de preeclampsia. Necesita valoración hospitalaria urgente. No debe continuar hacia ninguna fiesta.
Mariana comenzó a llorar.
—Mi suegra siempre dice que las embarazadas de ahora exageramos. Si falto, van a decir que estoy manipulando a Diego.
La enfermera nos dio sus datos y, con permiso de Mariana, fotografió la lectura para consultar al médico de guardia.
Yo insistí en regresar al hospital, pero mi hija aseguró que estaba mejor y rogó que no la hiciera discutir delante de toda la familia. Cometí el error de aceptar, decidida a sacarla de allí ante cualquier nuevo síntoma.
Llegamos dieciséis minutos tarde.
Don Arturo nos recibió mirando su reloj de oro.
—La puntualidad demuestra el respeto que uno tiene por su familia.
Su esposa, doña Beatriz, añadió:
—Yo trabajé cargando mercancía hasta el último día de mi embarazo. Las mujeres de antes éramos más fuertes.
Nos sentamos.
Entonces llegó un mensaje de Socorro.
El médico de guardia exigía que Mariana acudiera inmediatamente a urgencias.
Mi hija leyó el mensaje, se llevó una mano debajo de las costillas y susurró:
—Mamá… ahora también me duele aquí.
Me levanté para anunciar que nos marchábamos.
Don Arturo golpeó la mesa.
—¡Nadie arruina mi cumpleaños por los achaques de una embarazada!
Pero antes de que pudiera responderle, doña Beatriz se puso de pie.
Tenía el rostro completamente blanco.
Miró a su esposo y pronunció unas palabras que hicieron que él soltara su copa.
—Hace treinta y cinco años obedecí esa misma orden, Arturo. Y todavía no me has dicho cuántos minutos tardaste en llevarme al hospital.
PARTE 2
Nadie se movió.
Don Arturo miraba a su esposa como si acabara de escuchar una acusación que llevaba décadas temiendo.
—Beatriz, no empieces con tus historias delante de los invitados.
—No es ninguna historia —respondió ella—. Es algo que jamás debimos olvidar.
Se acercó a Mariana, observó sus ojos entrecerrados y le tomó la mano.
—Nos vamos al hospital. Ahora mismo.
—¡Si sales de esta casa, no regreses! —gritó don Arturo.
Por primera vez en los tres años que llevábamos siendo consuegras, Beatriz no le pidió permiso a su marido.
—Entonces aprenderé a vivir sin regresar.
Diego cargó a Mariana hasta mi automóvil. Beatriz subió detrás para acompañarla y yo tomé el volante.
La lluvia era tan fuerte que apenas distinguía las líneas de la carretera.
—¡Mamá, veo todo borroso! —gimió Mariana.
Sentí unas ganas desesperadas de acelerar. Sin embargo, sabía que una curva tomada imprudentemente podía terminar con todos nosotros.