Volví antes de lo previsto de mi viaje de trabajo y encontré a mi marido arrodillado, subiéndose el cierre del vestido a su secretaria en nuestra propia recámara. “Ya preparé el divorcio; ella no podrá hacer nada”, presumió. No grité ni los enfrenté. Me fui con el reloj que pensaba regalarle y tomé una decisión sobre la empresa que cambiaría todos sus planes.

  • Alejandro trataba a Sofía con paciencia, respetaba mis decisiones y nunca me hacía sentir que debía agradecerle el hecho de quererme.
  • Una noche, después de llevarnos al cine, me confesó que le gustaba desde la preparatoria, aunque entonces nunca se había atrevido a decírmelo.
  • —No quiero apresurarte —añadió—. Sé que vienes de una experiencia muy difícil.
  • Le respondí que todavía tenía miedo.
  • —Lo entiendo, Ana. No tienes que prometerme nada.
  • Pasaron varios meses antes de que me atreviera a besarlo.
  • Fue después de una tarde sencilla, cuando lo vi sentado en el suelo de mi sala ayudando a Sofía a armar un rompecabezas.
  • De repente comprendí que aquel hombre no necesitaba demostrar su superioridad para sentirse importante.
  • Y por primera vez en mucho tiempo, dejé de tener miedo de enamorarme.
  • Casi un año después de mi divorcio, Alejandro me pidió matrimonio durante una cena familiar en Valle de Bravo.
  • Sofía estaba emocionadísima porque había ayudado a escoger el anillo.
  • Acepté entre lágrimas, convencida de que finalmente había encontrado tranquilidad.
  • Pero una semana antes de la boda recibí una llamada inesperada.
  • —¿Ana? Soy Ximena. Estudiamos en la misma universidad.
  • Continúa en la página siguiente.➡️