Volví antes de lo previsto de mi viaje de trabajo y encontré a mi marido arrodillado, subiéndose el cierre del vestido a su secretaria en nuestra propia recámara. “Ya preparé el divorcio; ella no podrá hacer nada”, presumió. No grité ni los enfrenté. Me fui con el reloj que pensaba regalarle y tomé una decisión sobre la empresa que cambiaría todos sus planes.
—A veces los adultos lloramos porque las cosas no salen como esperábamos, mi amor. Pero eso no significa que dejemos de ser felices.
—Entonces hagamos un castillo más grande.
Sonreí.
Mi hija acababa de enseñarme algo que ninguna fortuna podía comprar: siempre podíamos comenzar de nuevo.
Al regresar a la Ciudad de México, Alejandro Ortega me esperaba en el aeropuerto. Había ido a recoger unos documentos de uno de sus colaboradores y, al enterarse de nuestro vuelo, se ofreció a llevarnos a casa.
Sofía simpatizó con él inmediatamente.
—¿Tú eres el señor que ayudó a mi mamá?
Alejandro sonrió.
—Tu mamá se ayudó a sí misma. Yo solamente hice negocios con una mujer muy inteligente.
Aquella respuesta me sorprendió.
Durante los siguientes meses nos encontramos algunas veces para hablar de inversiones. Alejandro nunca intentó atribuirse mi recuperación ni presumió de haberme salvado.
Un día, mientras revisaba una caja de fotografías familiares, encontré una imagen de mi último año de preparatoria.
En ella aparecía un muchacho delgado, con lentes, situado al fondo del grupo.
Debajo estaba escrito: Alejandro Ortega.
Me quedé mirando la fotografía.
Era él.
Recordé que había estudiado con mi hermana gemela, Alma, quien había fallecido en un accidente automovilístico cuando teníamos diecisiete años.
Aquella pérdida dejó una herida que mi familia había aprendido a esconder, pero nunca logró cerrar.
Invité a Alejandro a cenar.
—¿Tú conociste a Alma? —pregunté apenas nos sentamos.
Su expresión cambió.
—Sí. Era mi compañera de laboratorio. Siempre llevaba dulces de tamarindo y compartía sus apuntes con todos.
Sentí un nudo en la garganta.
—Hace años que nadie me cuenta un recuerdo nuevo de ella.
Alejandro bajó la mirada.
—Después del accidente quise acercarme a ti, pero no encontré la manera. Recuerdo que dejaste de participar en las actividades de la escuela. Me preocupabas mucho.
Me contó que años después, cuando comenzó a trabajar en inversiones, había reconocido mi nombre en los informes de una empresa tecnológica en crecimiento.
—¿Compraste mis acciones por nuestra historia? —pregunté.
—No. Horizonte Capital no puede invertir por sentimentalismo. Tu empresa tenía clientes, tecnología y valor real. Pero sí fui yo quien insistió en estudiar la oportunidad cuando Miguel nos contactó.
Hizo una pausa.
—Y me alegró saber que por fin estabas tomando decisiones para ti.