Volví antes de lo previsto de mi viaje de trabajo y encontré a mi marido arrodillado, subiéndose el cierre del vestido a su secretaria en nuestra propia recámara. “Ya preparé el divorcio; ella no podrá hacer nada”, presumió. No grité ni los enfrenté. Me fui con el reloj que pensaba regalarle y tomé una decisión sobre la empresa que cambiaría todos sus planes.
Cuando confronté a Beatriz, ni siquiera mostró vergüenza.
—Ese dinero le pertenece a mi hijo. Tú nunca habrías logrado nada sin él.
—Señora, el dinero pertenece a la empresa. Y usted cobró por trabajos que nunca realizó.
—¡No voy a permitir que destruyas a mi familia!
La miré durante unos segundos.
—Su familia empezó a destruirse cuando ustedes confundieron el amor con una oportunidad para aprovecharse de alguien.
Miguel presentó las acciones legales correspondientes. Se solicitaron medidas para preservar documentos y bienes, mientras los peritos revisaban las firmas y los movimientos bancarios.
Ricardo perdió su puesto, Karla quedó separada de sus funciones durante la investigación y mi suegra tuvo que responder por los pagos recibidos.
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Yo continué con la venta de mis acciones.
El acuerdo de 180 millones de pesos quedó formalizado después de las revisiones corporativas y legales. Una parte del precio quedó retenida temporalmente como garantía frente a posibles contingencias.
Aquello no significaba que el dinero fuera automáticamente intocable durante el divorcio. Miguel revisó el origen de mis acciones, las aportaciones familiares y nuestro régimen matrimonial para evitar que Ricardo utilizara otra mentira contra mí.
La vivienda donde vivíamos estaba a mi nombre desde antes del matrimonio. Los demás bienes tendrían que dividirse conforme a los documentos y a las resoluciones correspondientes.
No quería quitarle lo que legítimamente le perteneciera.
Solo quería impedir que se quedara con lo que había robado.
Una tarde, Ricardo me pidió reunirnos en una cafetería de la colonia Roma.
Llegó sin su habitual traje de diseñador. Tenía ojeras profundas y parecía haber envejecido varios años.
—¿Cuándo dejaste de quererme? —preguntó.
Lo miré sorprendida.
—Ricardo, encontré a tu secretaria en nuestra recámara. ¿Y todavía me preguntas eso?
Bajó la mirada.
—Siempre sentí que vivía bajo tu sombra. Todos decían que la empresa existía gracias al dinero de tus padres y a tus contactos. Nunca me respetaban como a ti.
—¿Y por eso decidiste humillarme?
—Con Karla era diferente. Ella me admiraba. Me hacía sentir importante.
Sentí una tristeza inmensa, pero ya no era la tristeza de una mujer que quería recuperar a su esposo.
Era la decepción de haber compartido diez años con alguien que nunca entendió mi amor.
—Ricardo, yo jamás quise competir contigo. Creía que éramos un equipo. Tú convertiste nuestro matrimonio en una competencia que solamente existía en tu cabeza.
Por primera vez, no encontró palabras para defenderse.
Le expliqué que solicitaría el divorcio y que nuestra hija, Sofía, debía permanecer al margen de nuestras disputas.
—Puedes seguir siendo su padre —le dije—. Pero tendrás que demostrarle con hechos que sabes cuidar a alguien sin pensar únicamente en ti.
Meses después, finalmente obtuvimos el divorcio.
Salí del juzgado con una sensación extraña. Había perdido a mi esposo, pero comenzaba a recuperar a la mujer que fui antes de conocerlo.
Llevé a Sofía, que entonces tenía seis años, a pasar unos días en Puerto Vallarta.
Una tarde, mientras construíamos castillos de arena, me preguntó: