Tengo 81 años y estaba comiendo sola en el comedor del Ejército cuando un joven sargento me humilló delante de 200 soldados: “¿Qué rango tenía usted en la Edad de Piedra?”. Después intentó arrancarme la vieja insignia de latón del abrigo. Yo no discutí; solo señalé la placa detrás de él y dije: “Lea mi nombre”. Cuando terminó de leerla, descubrió por qué su padre había logrado regresar vivo a casa.
La joven Jiménez me contaba que había ingresado al Ejército porque quería demostrarle a su madre que podía construir una vida independiente.
Otros compañeros hablaban de sus hijos, sus preocupaciones y sus planes.
Y Salgado escuchaba mucho más de lo que hablaba.
El segundo sábado llegó acompañado de una mujer.
Era bajita, tenía el cabello recogido y llevaba todavía el uniforme de enfermera.
La reconocí inmediatamente.
—Rosa María…
Ella se quedó inmóvil.
Después subió los escalones y me abrazó.
—Durante tantos años quise encontrarla —susurró.
—No tenías que hacerlo.
—Claro que sí.
Se apartó para mirarme.
—Cuando Andrés murió, pensé que jamás volvería a levantar cabeza. Tenía 2 hijos pequeños y un miedo que no me dejaba dormir.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Después recibí aquella ayuda. Pude estudiar. Conseguí trabajo. Mis hijos siguieron en la escuela.
Se llevó una mano al pecho.
—Hace unos meses ayudé a salvar a un hombre mayor que llegó al hospital con una insuficiencia respiratoria grave. Y mientras lo atendíamos pensé que, si nadie me hubiera pagado aquellos estudios, yo no habría estado allí para ayudarlo.
Nos abrazamos nuevamente.
Salgado nos observaba desde el patio.
Por primera vez vi en su rostro algo distinto de la dureza que había mostrado en el comedor.
Vi al niño que perdió a su padre a los 12 años.
Y al hombre que por fin estaba aprendiendo a vivir sin esconderse detrás de aquella pérdida.
Cuando terminaron la rampa, colocaron una pequeña placa de madera junto a la entrada.