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La misma frase del comedor.
Salgado se acercó con una caja pequeña.
—Esto es de parte de todos.
Dentro había un distintivo nuevo.
Un escudo azul con un ave blanca de alas extendidas.
Lo sostuve junto al que llevaba en mi abrigo.
Uno brillaba como recién fabricado.
El otro estaba desgastado por más de medio siglo de recuerdos.
—Pensamos que podría usar el nuevo para ocasiones especiales —explicó.
Cerré la caja cuidadosamente.
—Gracias, hijo. Pero el viejo se queda donde está.
Él sonrió.
—Lo imaginé.
—Quiero pedirte algo.
—Lo que usted diga, teniente.
—Cuando tengas bajo tu responsabilidad a un joven que esté atravesando un momento difícil, no le enseñes solamente a ser fuerte.
Lo miré directamente a los ojos.
—Enséñale que también puede pedir ayuda. Tu padre habría querido eso para ti.
Salgado tragó saliva.
—Se lo prometo.
Meses después supe que había completado las actividades correctivas ordenadas por sus superiores y que continuaba en servicio.
También me enteré de que había comenzado a aportar mensualmente al fondo de apoyo a familias militares.
No lo hizo por obligación.
Lo hizo porque quería que otros niños tuvieran las oportunidades que él recibió.
Con el tiempo, varios compañeros se sumaron.
El administrador del fideicomiso me llamó para contarme que las nuevas aportaciones permitirían financiar más becas.
Aquella noche lloré frente a una fotografía de Arturo.
Mi esposo siempre decía que el dinero tenía más sentido cuando servía para abrir una puerta que alguien no podía abrir solo.
Pensé que le habría gustado saberlo.
Hoy tengo 82 años.
Todavía visito aquel comedor cuando mi salud me lo permite.
Pero ya no como sola.
A veces se sienta conmigo Jiménez.
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