Tengo 81 años y estaba comiendo sola en el comedor del Ejército cuando un joven sargento me humilló delante de 200 soldados: “¿Qué rango tenía usted en la Edad de Piedra?”. Después intentó arrancarme la vieja insignia de latón del abrigo. Yo no discutí; solo señalé la placa detrás de él y dije: “Lea mi nombre”. Cuando terminó de leerla, descubrió por qué su padre había logrado regresar vivo a casa.
—Muchacho, ¿por qué hay tantas personas afuera de mi casa?
—El coronel comentó que tiene dificultades para bajar las escaleras después de su operación de cadera.
Miré los 9 escalones de cemento que separaban mi puerta de la entrada principal.
Durante años habían sido una batalla cotidiana.
Algunos días tardaba varios minutos en bajarlos.
Otros prefería quedarme dentro.
—Conseguimos asesoría de un ingeniero y revisamos las autorizaciones necesarias —explicó—. Queremos construirle una rampa segura, con pasamanos.
—¿Y quién va a pagar eso?
—Nos organizamos entre compañeros. Todo es voluntario. También conseguimos donaciones de materiales.
Fruncí el ceño.
—No tienes que hacer esto para que te perdone.
Su sonrisa desapareció.
—No vine por eso.
Guardó silencio un momento.
—Mi papá decía que ser soldado significaba cuidar a quienes no podían cargar solos con todo. Yo pasé años creyendo que significaba demostrar que era más fuerte que los demás.
Señaló las herramientas.
—Ahora quiero aprender la diferencia.
Me quedé mirándolo.
Detrás de él, la soldado Jiménez levantó una mano para saludarme.
—También vine, teniente. Mi padre trabaja en construcción y nos está ayudando con el diseño.
No pude evitar sonreír.
—Supongo que entonces tendré que preparar comida para todos.
Trabajaron durante 3 sábados.
La primera semana instalaron los soportes.
La segunda construyeron la estructura.
La tercera colocaron los pasamanos y revisaron que todo fuera seguro.
Yo les preparaba enormes ollas de pozole, arroz rojo y agua de jamaica.