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Otras veces llega Salgado con algún soldado joven que necesita conversar.
La semana pasada llevó a un muchacho de 19 años que acababa de perder a su madre.
Se llamaba Mateo.
Tenía los ojos hinchados y apenas había probado su comida.
—La teniente Valdés quiere contarte algo —le dijo Salgado.
El joven miró mi distintivo.
Le hablé de Julián, mi hermano menor.
De mi esposo Arturo.
De los 41 soldados que regresaron con vida.
Y de las muchas familias que habían aprendido a seguir adelante después de perder a alguien.
Mateo permaneció callado.
Finalmente preguntó:
—¿Alguna vez deja de doler?
Pensé en mi hermano.
Habían pasado más de 50 años y todavía recordaba su voz prometiendo que regresaría para el cumpleaños de nuestra madre.
—No siempre, hijo —respondí—. Hay ausencias que nunca desaparecen.
El muchacho bajó la mirada.
Entonces le tomé suavemente la mano.
—Pero con el tiempo aprendes que no tienes que cargar con ellas tú solo.
Salgado estaba sentado a su lado.
El mismo hombre que una vez me había ordenado quitarme la insignia.
Ahora tenía una mano apoyada sobre el hombro de aquel soldado.
Mateo levantó la vista hacia la pared.
Leyó lentamente las palabras escritas debajo de la placa.
“Nunca dejamos atrás a los nuestros”.
Después tomó su cuchara y comenzó a comer.
Yo miré a Salgado.
Él me devolvió la mirada y sonrió.
Entonces comprendí algo que me habría gustado decirle a Julián muchos años atrás.
El verdadero honor no está en las medallas, en los rangos ni en los nombres grabados sobre una pared.
Está en las personas a las que ayudamos a levantarse.
Y en aquellas que, después de recibir una mano, aprenden a extender la suya hacia alguien más