Subí al avión con una sola maleta, todavía escuchando a mi esposo decirme: “Mañana viene ella, necesito que ya no estés aquí”. Después de cuidarlo durante 3 años tras su accidente, no discutí ni lloré; simplemente me fui. Pero antes del despegue, una azafata cambió mi asiento… y el hombre que encontré a mi lado sabía demasiado sobre mi matrimonio.

—Tienes razón.

Lucía lo miró sorprendida.

—¿Así de fácil?

—No es fácil. Pero tienes razón.

Eso no resolvió todo, pero cambió algo.

—Necesito tiempo —dijo ella—. Volver a Guadalajara, estar con mi mamá, decidir dónde voy a vivir, qué trabajo quiero y quién soy ahora.

—Te doy todo el tiempo que quieras.

Lucía alzó una ceja.

—Otra vez lo dices como si tú dieras algo.

Mateo sonrió apenas.

—Corrijo: tómate el tiempo que tú quieras.

—Mejor.

A la mañana siguiente firmaron el acuerdo. Durante el almuerzo, Jean-Paul felicitó a Lucía por su precisión y le dijo, medio en serio, que si la empresa mexicana no sabía aprovecharla, en París seguramente encontraría trabajo.

Cuando salieron, Mateo preguntó:

—¿Qué te dijo?

—Que si tú me dejas ir, me contrata.

—No te voy a dejar ir.

Lucía lo miró.

Mateo se corrigió de inmediato.

—Si tú quisieras trabajar conmigo, me interesaría hacerte una oferta.

Ella soltó una carcajada.

—Aprendes rápido.

Por primera vez, volver a trabajar no le produjo miedo.

Después de la firma, todavía tenían una tarde libre antes del vuelo. Lucía rechazó el museo que Mateo propuso y prefirió caminar sin ruta. Quería sentir la ciudad sin convertirla en una cita romántica ni en una extensión del trabajo.

Se detuvieron frente a una galería pequeña. En el escaparate había un dibujo en blanco y negro: una mujer junto a una ventana, hecha con unas cuantas líneas.

—Me gusta —dijo Lucía.

—Se parece a ti.

—¿Porque parece cansada?

—Porque no necesita demasiado alrededor para que se entienda quién es.

Lucía permaneció mirando el dibujo.

—Durante tres años fui demasiadas cosas. Esposa, cuidadora, chofer, secretaria, la que recordaba las citas, la que hablaba con los médicos, la que calmaba a su mamá cuando él empeoraba. Si me preguntabas quién era yo sin todo eso, no sabía qué contestar.

Mateo no intentó tocarla.

—Tal vez no eras demasiadas cosas. Tal vez estabas poniendo todo lo que eras en un lugar donde empezaron a darlo por hecho.

Lucía tragó saliva.

 

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