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Un elemento de seguridad le indicó que mantuviera la distancia.
Él sonrió con desprecio.
—Puedes divorciarte, Sofía. Pero ese bebé lleva mi sangre. Nunca vas a librarte de mí.
Aquella noche, Sofía permaneció despierta hasta las tres.
No temía por ella solamente.
Temía que Víctor utilizara a su hija como otra forma de control.
Al día siguiente, Irene le explicó que cualquier convivencia futura tendría que resolverse considerando la seguridad y el interés superior de la niña.
Eso no eliminó sus preocupaciones.
Pero le permitió respirar.
Dos meses después, el juzgado decretó el divorcio.
Víctor intentó impugnar diversas decisiones, mientras Sofía comenzó a recuperar su vida.
Lo primero que hizo fue solicitar volver a utilizar su apellido de soltera: Ríos.
Después llamó a Lucía.
Su amiga trabajaba ahora en una panadería de Metepec y conocía a una dueña que necesitaba una repostera.
Sofía acudió a la entrevista con un pequeño portafolio de recetas.
Preparó unos éclairs rellenos de crema de vainilla y un pastel de chocolate.
La propietaria probó ambos.
—¿Cuándo puedes empezar?
Sofía casi no pudo responder.
Habían pasado cuatro años desde que alguien valoraba su trabajo sin mencionar quién era su marido.
Aceptó un horario reducido, compatible con sus controles prenatales.
También rentó un departamento pequeño cerca del negocio.
Estaba en un quinto piso sin elevador.
Cuando Alejandro se enteró, frunció el ceño.
—Conforme avance tu embarazo será incómodo subir tantas escaleras.
—Lo sé. Pero puedo pagarlo yo misma.
Él no insistió.
Gabriel la ayudó con la mudanza.
Solamente tenía dos maletas.
Doña Teresa le regaló cobijas, utensilios de cocina y un frasco enorme de mermelada casera.
La primera noche en su departamento, Sofía lloró mientras calentaba agua.
No había muebles elegantes ni ventanas enormes.
Tampoco había un hombre revisando cuánto había gastado en el supermercado.
Podía acostarse cuando quisiera.
Podía llamar a Lucía.
Podía poner música mientras cocinaba.
Una tarde compró una taza amarilla con pequeñas flores azules.
Costaba cuarenta y cinco pesos.
Víctor habría dicho que era una vulgaridad.
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