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Sofía preparó chocolate caliente y lo bebió en aquella taza, sonriendo entre lágrimas.
Era la primera cosa que compraba simplemente porque le gustaba.
Alejandro comenzó a visitarla los sábados.
Al principio llegaba con bolsas de fruta, carne y alimentos que supuestamente enviaba doña Teresa.
A la cuarta visita, Sofía se cruzó de brazos.
—Alejandro, basta.
—¿Qué hice?
—Tengo trabajo. Puedo comprar mi propia comida. No necesito que me mantengan.
Él observó las bolsas.
—Tienes razón. Perdóname.
Se marchó sin discutir.
El sábado siguiente volvió.
Esta vez llegó con las manos vacías.
—Hoy no traje nada. ¿Puedo pasar a tomar café?
Sofía soltó una carcajada.
Desde entonces compartieron café cada sábado.
Él hablaba de sus proyectos.
Ella contaba las pequeñas victorias de la panadería.
Su pastel de tres leches se convirtió en uno de los productos más vendidos.
Después llegaron sus roles de canela y unas conchas rellenas que los clientes comenzaron a pedir por encargo.
Alejandro también consiguió resolver sus problemas empresariales.
Irene había presentado la grabación de las amenazas ante las autoridades correspondientes.
El comportamiento de Víctor comenzó a investigarse y perdió influencia dentro de su partido.
Las observaciones del proyecto fueron revisadas mediante procedimientos independientes y la construcción pudo continuar.
Víctor todavía conservaba contactos, pero ya no podía utilizar su posición con la misma facilidad.
Una noche, cuando Sofía tenía seis meses de embarazo, Alejandro llegó después del trabajo.
Ella le sirvió café en la taza amarilla.
—Necesito preguntarte algo.
—Dime.
—¿Por qué sigues viniendo?
Alejandro guardó silencio.
—Porque me gusta estar contigo.
—Voy a tener una hija de otro hombre.
—Lo sé.
—Víctor siempre será su padre biológico.
—También lo sé.
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