“Solo puedes quedarte esta noche. Mañana tendrás que irte”, me dijo el millonario cuando me rescató de la lluvia helada en plena madrugada. No sabía que yo era la esposa de un político poderoso que me había maltratado durante 4 años. Pensaba marcharme en silencio, pero a la mañana siguiente descubrió que mi esposo ofrecía 50,000 pesos de recompensa por encontrarme…
—No, señora Teresa —susurró Sofía—. Apenas está comenzando.
Y tenía razón.
Diez días después, la constructora de Alejandro recibió treinta y dos observaciones sobre su proyecto inmobiliario.
La semana siguiente llegaron inspectores de distintas dependencias.
Revisaron contratos, planos, licencias y registros contables.
Varios proveedores comenzaron a retrasar entregas porque temían problemas con las autoridades.
Alejandro pasó semanas trabajando hasta la madrugada.
Jamás le reclamó nada a Sofía.
Pero ella se enteró gracias a doña Teresa.
Una noche caminó hasta el despacho y tocó la puerta.
—Todo esto está pasando por mi culpa.
Alejandro levantó la vista.
—No. Está pasando porque Víctor cree que puede utilizar su cargo para castigar a cualquiera que lo contradiga.
—Si me voy, quizá deje de molestarte.
—Y te buscará hasta encontrarte. Además, yo no quiero vivir haciendo lo que ese hombre ordene.
Sofía permaneció de pie.
—No puedo pagarte lo que estás perdiendo.
Alejandro cerró la carpeta.
—Nunca te he presentado una cuenta.
Aquella respuesta la hizo llorar.
Había pasado tantos años escuchando que debía agradecer hasta el aire que respiraba que no sabía cómo reaccionar ante alguien que ayudaba sin exigir nada.
Mientras tanto, Víctor preparaba su siguiente movimiento.
Su abogado presentó documentos que intentaban describir a Sofía como una mujer emocionalmente inestable.
Una antigua empleada doméstica declaró que la había visto llorar constantemente.
También apareció aquel supuesto informe psicológico.