Se había detenido aquella noche de tormenta por culpa de un desconocido; a la mañana siguiente, un helicóptero aterrizó repentinamente frente a él.

Cuando vi por primera vez a esta joven de pie al borde del camino rural, con su vestido de noche mojado, no tenía ni idea de que esta simple decisión pondría mi vida, mi conciencia y mi futuro patas arriba.

Tobias Krüger tenía treinta y cinco años y repartía paquetes.

No es que fuera incapaz de hacer otra cosa. Pero después de todo lo sucedido, eso era precisamente lo que quería: un trabajo con rutas fijas, horarios fijos y tareas sencillas y claras. Tocar el timbre. Devolver el coche. Conducir. Sin grandes discursos. Sin titubeos. Sin actos heroicos.

Anteriormente, había servido durante ocho años en las fuerzas armadas alemanas.

Se marchó justo después de terminar la escuela, igual que su padre antes que él. Sin aventuras, sin grandes ideologías. Solo una simple y vieja noción de deber. De confianza. Sobre esa frase había oído tantas veces durante su aprendizaje que prácticamente...Quedó grabado en su memoria: No dejar a nadie atrás.

Cuando Tobias dejó el ejército, otros no tardaron en encontrar mejores soluciones.

Servicio de seguridad. Seguridad industrial. Misiones bien remuneradas en el extranjero. Conductor VIP. Un tipo con radio, chaqueta negra y esa mirada que dice: "Lo he visto todo".

Tobias no quería esto.

Soñaba con abrir la puerta de su furgoneta blanca por la mañana, ordenar las cajas, colocar su termo en el portavasos y conducir por lugares donde la gente lo reconociera. No siempre por su nombre. Sino por su mirada. Por un simple gesto de asentimiento. Por esa pizca de confianza que surge cuando puedes contar con alguien.

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