“¡Saquen a esa mocosa de aquí ahora mismo!”, exigió mi prometida en nuestro vuelo de 38 mil pesos. La sobrecargo que defendió a la niña resultó ser mi exesposa, desaparecida de mi vida desde hacía seis años. En lugar de discutir, observé el rostro de la pequeña y pregunté su edad. Aquella noche ordené revisar los correos antiguos de mi empresa. Lo que encontraron sobre mi prometida cambió todo.
Ella estaba sentada frente al espejo, probándose unos aretes para la fiesta de compromiso que celebraríamos al regresar a México.
Ciento ochenta invitados, empresarios, familiares y varios periodistas.
Todo estaba preparado.
—Tenemos que hablar —le dije.
—Si es por la sobrecargo, no pienso disculparme.
Abrí mi computadora.
Le mostré los registros del correo.
Después las fotografías originales.
Y finalmente la reservación falsificada.
Su expresión cambió.
—¿De dónde sacaste eso?
—De los respaldos de la empresa.
—Estás violando mi privacidad.
—Utilizaste los equipos de nuestra compañía para engañarme y ocultarme la existencia de mi hija.
Renata guardó silencio unos segundos.
Después se levantó.
—Está bien. ¿Quieres saber la verdad? Sí, fui yo.
Me quedé mirándola.
—Lucía nunca fue la mujer adecuada para ti —continuó—. Tú estabas construyendo una empresa millonaria y ella servía refrescos en un avión.
Sentí una mezcla de rabia y vergüenza.
—Era mi esposa.
—¡Y yo era quien trabajaba contigo hasta la madrugada! ¡Yo sabía qué contratos firmabas, quiénes eran tus clientes y cuánto dinero entraba! ¡Ella aparecía dos días y volvía a desaparecer en otro vuelo!
—Eso no te daba derecho a destruir nuestro matrimonio.
Renata cruzó los brazos.
—No lo entiendes. Yo hice que te concentraras en tu futuro.
—¿Y la carta de Lucía?
Sonrió con desprecio.
—Una mujer embarazada siempre consigue la manera de amarrar a un hombre rico. Te hice un favor.
Sentí náuseas.
—Esa niña es mi hija.
—Pues hazte una prueba antes de emocionarte tanto.
Respiré profundamente.
Después señalé su maleta.
—Nuestro compromiso terminó. Y tus responsabilidades en la empresa quedan suspendidas mientras se realiza una investigación formal.
Renata soltó una carcajada.
—¿Vas a despedirme por una sobrecargo?
—No. Voy a investigar el uso indebido de información y recursos de la empresa. Mi abogada ya está trabajando en ello.
Su sonrisa desapareció.
Pero enseguida recuperó la compostura.
—Muy bien, Alejandro. Cancela nuestra fiesta.
Se acercó lentamente.
—Quiero ver cómo explicas a ciento ochenta invitados que abandonaste a tu prometida por una azafata y una niña que apareció de repente.
Sacó su teléfono.
—Tengo fotografías del avión. También conozco periodistas. Mañana puedo convertirte en el empresario que dejó plantada a su prometida por una supuesta hija ilegítima.
Entonces comprendí algo.
Renata no estaba arrepentida.
Simplemente había encontrado otra manera de amenazarme.