“¡Saquen a esa mocosa de aquí ahora mismo!”, exigió mi prometida en nuestro vuelo de 38 mil pesos. La sobrecargo que defendió a la niña resultó ser mi exesposa, desaparecida de mi vida desde hacía seis años. En lugar de discutir, observé el rostro de la pequeña y pregunté su edad. Aquella noche ordené revisar los correos antiguos de mi empresa. Lo que encontraron sobre mi prometida cambió todo.
—Alejandro, las fotografías que recibiste hace seis años no eran falsas, pero alguien eligió cuidadosamente cuáles debías ver.
Diego hablaba despacio, como si temiera que cada palabra terminara de destruirme.
En su computadora había encontrado una carpeta titulada «Boda Querétaro».
Contenía cuarenta y dos fotografías.
En las seis que llegaron a mis manos, Lucía aparecía abrazando a Julián, entrando al pasillo de las habitaciones y conversando con él frente a una puerta.
Pero había otras imágenes.
En una, Julián besaba a su esposa.
En otra, estaba sentado con sus tres hijos.
Y en una tercera se veía claramente cómo acompañaba a Lucía hasta su habitación antes de regresar al salón de la fiesta.
La supuesta reservación que me habían enviado tampoco provenía del hotel.
Era un documento elaborado desde la computadora de Renata.
Su nombre aparecía en las propiedades del archivo original.
—¿Estás completamente seguro? —pregunté.
—Los registros coinciden. Nuestro sistema conserva respaldos durante siete años por las auditorías de nuestros clientes bancarios. La documentación sigue intacta.
Miré la pantalla durante varios minutos.
Durante seis años había creído que mi esposa me traicionó.
Y ahora descubría que alguien había fabricado cuidadosamente las pruebas para separarnos.
Lo más doloroso no era solamente haber perdido a Lucía.
Era imaginar todo lo que había ocurrido mientras yo vivía tranquilamente, convencido de ser la víctima.
Mi hija había aprendido a caminar sin mí.
Había pronunciado sus primeras palabras sin mí.
Había cumplido seis cumpleaños esperando a un padre que nunca aparecía.
Y yo ni siquiera sabía su nombre.
A la mañana siguiente cancelé las negociaciones en Chicago.
Renata estaba esperándome en el vestíbulo del hotel.
—¿Adónde vas? Tenemos una reunión importantísima.
—Tengo algo más importante que resolver.
—¿Más importante que una operación de 85 millones de pesos?
La miré fijamente.
—Mucho más.
Tomé un taxi hacia Pilsen, un barrio donde vivían numerosos mexicanos.
Sabía que Lucía tenía una hermana llamada Mariana que administraba una pequeña tienda de comida mexicana.
La encontré detrás de un mostrador, acomodando charolas de pan dulce.
Cuando me reconoció, dejó lo que estaba haciendo.
—No tienes vergüenza, Alejandro.
—Necesito hablar con Lucía.
—¿Para qué? ¿No te bastó con abandonarla? ¿Ahora también quieres quitarle su trabajo?
—Yo no sabía que tenía una hija.
Mariana soltó una risa amarga.
—Eso mismo dijo mi hermana durante el primer año. Que seguramente no habías leído su carta. Después dejó de inventarte excusas.
Sus palabras me atravesaron.
Entonces escuché una vocecita.
—¡El señor que hizo callar a la señora enojona!
Sofía apareció desde la cocina con las manos llenas de harina.
Llevaba el cabello recogido y su conejito bajo el brazo.
—Estamos haciendo tamales. ¿Quieres uno? Los míos salieron medio chuecos.
Me arrodillé para mirarla.
—Me encantaría probarlos.
Mariana apartó suavemente a la pequeña.
—Sofi, ve con tu tía Rosa.
Cuando desapareció, mi excuñada me señaló una puerta.
—Lucía está descansando. Si acepta escucharte, será decisión suya.