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—Yo creo que ya se tardó mucho.
Tuve que apartar el rostro para que no viera mis lágrimas.
Cuando regresé a mi asiento, Renata me mostró su teléfono.
—Listo. Ya envié la queja. Esa mujer va a perder su empleo.
La miré con una rabia que apenas podía controlar.
Más tarde encontré a Lucía acomodando los suministros en la pequeña cocina del avión.
—Necesito preguntarte algo.
—Estoy trabajando, Alejandro.
—¿Sofía es mi hija?
Lucía cerró los ojos.
—Te lo dije hace seis años.
—Nunca me dijiste nada.
Entonces me contó algo que me hizo sentir que el piso desaparecía.
En abril, después de nuestro divorcio, había descubierto su embarazo.
Me escribió un correo de siete páginas explicándome todo.
Incluía una fotografía de la prueba positiva.
Nunca recibió respuesta.
Una semana después llamó a mi oficina.
Renata contestó.
—Me aseguró que habías leído la carta —susurró Lucía—. Dijo que no querías saber nada de mí ni del bebé. Que ya tenías otra mujer.
Me quedé inmóvil.
—Lucía, jamás recibí ese correo.
Ella me miró fijamente.
—Entonces alguien decidió por nosotros.
Cuando aterrizamos en Chicago, dos empleados de la aerolínea esperaban a Lucía.
La queja de Renata había provocado una suspensión preventiva mientras investigaban lo sucedido.
Vi a mi exesposa quitarse la insignia del uniforme.
Sofía la esperaba abrazando a su conejo.
Renata sonrió satisfecha.
—Te lo dije, Alejandro. A mí nadie me falta al respeto.
Esa noche llamé a Diego, mi director de sistemas, y le ordené recuperar los respaldos de mi correo empresarial de seis años atrás.
A las tres de la madrugada recibí su llamada.
—Jefe, encontramos el mensaje de Lucía. Llegó el veintidós de abril, a las once cuarenta de la noche.
—¿Qué pasó con él?
Diego guardó silencio.
—Lo abrieron desde la computadora de Renata. Once minutos después lo borraron permanentemente.
Me apreté la frente.
Pero Diego todavía no terminaba.
—Alejandro, también encontramos una carpeta con las fotografías de aquella boda. Y hay algo que necesitas ver antes de enfrentarte a tu prometida.
Cuando me explicó lo que contenía, comprendí que mi matrimonio no había terminado por una infidelidad.
Había sido destruido deliberadamente por alguien que llevaba años durmiendo a mi lado.
PARTE 3
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