“¡Saquen a esa mocosa de aquí ahora mismo!”, exigió mi prometida en nuestro vuelo de 38 mil pesos. La sobrecargo que defendió a la niña resultó ser mi exesposa, desaparecida de mi vida desde hacía seis años. En lugar de discutir, observé el rostro de la pequeña y pregunté su edad. Aquella noche ordené revisar los correos antiguos de mi empresa. Lo que encontraron sobre mi prometida cambió todo.

  • Entonces pregunté algo que jamás olvidaré:
  • —¿Cuántos años tienes, Sofía?
  • —Seis. Los cumplí el veinte de octubre.
  • Sentí que me faltaba el aire.
  • Lucía se había marchado de nuestra casa en marzo, hacía seis años y siete meses.
  • Si aquellas fechas eran correctas, cuando la había expulsado de mi vida…
  • Mi exesposa ya estaba embarazada de mi hija.
  • Y lo que estaba a punto de descubrir sobre Renata era todavía peor.
  • PARTE 2
  • Regresé a mi asiento sintiendo que el corazón me golpeaba las costillas.
  • Renata seguía furiosa.
  • —Esa sobrecargo se va a arrepentir. Ya estoy redactando una queja para la aerolínea.
  • —Déjala en paz.
  • —¿Por qué la defiendes tanto? ¿La conoces?
  • No contesté.
  • Durante años había creído que Lucía me había engañado.
  • Nos casamos cuando yo apenas comenzaba mi empresa. Ella trabajaba como sobrecargo y yo pasaba noches enteras desarrollando programas para instituciones financieras.
  • Éramos felices, hasta que Renata entró a trabajar conmigo.
  • Primero fue mi asistente. Después se convirtió en la persona que controlaba mi agenda, mis llamadas y prácticamente todas mis decisiones.
  • Nunca sospeché nada.
  • La ruptura ocurrió después de que Lucía asistió sola a una boda familiar en Querétaro.
  • Días después apareció un sobre sobre mi escritorio.
  • Contenía fotografías de Lucía abrazada con un hombre desconocido, entrando a un pasillo del hotel y despidiéndose frente a una habitación.
  • También había una supuesta reservación a nombre de ambos.
  • Cuando la confronté, Lucía aseguró que aquel hombre era Julián, un primo del novio, casado y padre de tres hijos.
  • No quise escucharla.
  • —¡No pienso seguir casado con una mentirosa! —le grité.
  • —Alejandro, te estoy diciendo la verdad.
  • —¡Entonces recoge tus cosas!
  • Todavía recuerdo su expresión.
  • No lloró frente a mí.
  • Solamente tomó una maleta y salió.
  • Nos divorciamos semanas después.
  • Nunca volví a buscarla.
  • Aquellos recuerdos me estaban destrozando cuando el avión comenzó a moverse por una zona de turbulencia.
  • Sofía abrazó fuertemente a su conejito.
  • Lucía permanecía sentada en el asiento auxiliar de la tripulación, siguiendo las instrucciones de seguridad.
  • Cuando apagaron la señal de cinturones, me acerqué a la pequeña.
  • —¿Me puedo sentar contigo?
  • —Sí, señor. Pero mi conejito también necesita espacio.
  • Sonreí por primera vez aquella mañana.
  • Pocos minutos después sentimos otra sacudida ligera.
  • Sofía me agarró la manga.
  • —¿Los aviones pueden caerse de las nubes?
  • —Son movimientos normales. Como cuando un coche pasa por una calle con baches.
  • —Mi mamá dice que las nubes son cobijas gigantes.
  • —Tu mamá siempre ha tenido mucha imaginación.
  • La pequeña me miró intrigada.
  • —¿Usted conoce a mi mamá?
  • Antes de responder, añadió:
  • —Mi papá también vuela por las nubes.
  • Sentí un nudo en la garganta.
  • —¿Es piloto?
  • —No exactamente. Mi mamá dice que trabaja muy lejos, arriba de las nubes, y que algún día vendrá cuando esté listo.
  • Bajó la mirada hacia su conejito.
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