“¡Saquen a esa mocosa de aquí ahora mismo!”, exigió mi prometida en nuestro vuelo de 38 mil pesos. La sobrecargo que defendió a la niña resultó ser mi exesposa, desaparecida de mi vida desde hacía seis años. En lugar de discutir, observé el rostro de la pequeña y pregunté su edad. Aquella noche ordené revisar los correos antiguos de mi empresa. Lo que encontraron sobre mi prometida cambió todo.
Lucía se había marchado de nuestra casa en marzo, hacía seis años y siete meses.
Si aquellas fechas eran correctas, cuando la había expulsado de mi vida…
Mi exesposa ya estaba embarazada de mi hija.
Y lo que estaba a punto de descubrir sobre Renata era todavía peor.
PARTE 2
Regresé a mi asiento sintiendo que el corazón me golpeaba las costillas.
Renata seguía furiosa.
—Esa sobrecargo se va a arrepentir. Ya estoy redactando una queja para la aerolínea.
—Déjala en paz.
—¿Por qué la defiendes tanto? ¿La conoces?
No contesté.
Durante años había creído que Lucía me había engañado.
Nos casamos cuando yo apenas comenzaba mi empresa. Ella trabajaba como sobrecargo y yo pasaba noches enteras desarrollando programas para instituciones financieras.
Éramos felices, hasta que Renata entró a trabajar conmigo.
Primero fue mi asistente. Después se convirtió en la persona que controlaba mi agenda, mis llamadas y prácticamente todas mis decisiones.
Nunca sospeché nada.
La ruptura ocurrió después de que Lucía asistió sola a una boda familiar en Querétaro.
Días después apareció un sobre sobre mi escritorio.
Contenía fotografías de Lucía abrazada con un hombre desconocido, entrando a un pasillo del hotel y despidiéndose frente a una habitación.
También había una supuesta reservación a nombre de ambos.
Cuando la confronté, Lucía aseguró que aquel hombre era Julián, un primo del novio, casado y padre de tres hijos.
No quise escucharla.
—¡No pienso seguir casado con una mentirosa! —le grité.
—Alejandro, te estoy diciendo la verdad.
—¡Entonces recoge tus cosas!
Todavía recuerdo su expresión.
No lloró frente a mí.
Solamente tomó una maleta y salió.
Nos divorciamos semanas después.
Nunca volví a buscarla.
Aquellos recuerdos me estaban destrozando cuando el avión comenzó a moverse por una zona de turbulencia.
Sofía abrazó fuertemente a su conejito.
Lucía permanecía sentada en el asiento auxiliar de la tripulación, siguiendo las instrucciones de seguridad.
Cuando apagaron la señal de cinturones, me acerqué a la pequeña.
—¿Me puedo sentar contigo?
—Sí, señor. Pero mi conejito también necesita espacio.
Sonreí por primera vez aquella mañana.
Pocos minutos después sentimos otra sacudida ligera.
Sofía me agarró la manga.
—¿Los aviones pueden caerse de las nubes?
—Son movimientos normales. Como cuando un coche pasa por una calle con baches.
—Mi mamá dice que las nubes son cobijas gigantes.
—Tu mamá siempre ha tenido mucha imaginación.
La pequeña me miró intrigada.
—¿Usted conoce a mi mamá?
Antes de responder, añadió:
—Mi papá también vuela por las nubes.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Es piloto?
—No exactamente. Mi mamá dice que trabaja muy lejos, arriba de las nubes, y que algún día vendrá cuando esté listo.