“Que tu hija coma con el perro”, se burló mi hermana mientras mi madre sonreía frente a toda la familia. Me fui con la comida que yo había pagado, pero una anciana me alcanzó en la calle y susurró: “Hay algo que nunca te dijeron sobre tu madre”…
“Hoy descubrí que estoy embarazada. Tengo miedo, pero también una felicidad que no puedo explicar. Voy a escribirlo todo para que algún día mi hija sepa cuánto la esperé”.
Leí hasta las tres de la mañana.
Elena había escrito sobre sus antojos, las canciones que escuchaba mientras estaba embarazada y las noches en que no podía dormir porque yo lloraba.
Había ahorrado durante meses para comprar una cuna.
Una página decía:
“Mariana se rio hoy cuando hice una cara graciosa. Me gustaría guardar ese sonido para siempre”.
La última anotación estaba fechada dos días antes del accidente.
“Mi niña aprendió a aplaudir. Cada vez que le canto, mueve sus manitas y me mira como si yo fuera todo su mundo. Ojalá la vida me permita verla crecer”.
Cerré el cuaderno y lo abracé contra mi pecho.
Durante treinta y cuatro años había creído que era difícil quererme.
Y allí estaba la prueba de que alguien me había amado desde antes de conocer mi rostro.
A la mañana siguiente sonó mi teléfono.
Era Patricia.
—¡¿Qué hiciste, Mariana?!
Su voz parecía un grito atravesando el aparato.
—La inmobiliaria canceló la operación. ¡Fernanda ya había dado un anticipo para su nueva casa!
—Cancelé la autorización para que vendieras una propiedad que es mía.
—¡Esa casa no te corresponde!
—Está registrada a mi nombre.
—¡Yo te crié! ¡Yo te di de comer!
—Y durante todos esos años cobraste la renta de mi casa.
Hubo un silencio.
Después Patricia soltó unas palabras que jamás olvidaré.
—¿Y con qué crees que te mantuve? Tu madre murió y me dejó una niña que nadie quería. Bastante hice con recoger lo que ella dejó.
Sentí que el rostro me ardía.
—No me recogiste por lástima, Patricia. Me recibiste porque venía con una casa.
Colgué.
Por primera vez en mi vida no tuve miedo de hacerla enojar.
Dos días después, Fernanda apareció en la panadería.
Entró con sus zapatos de tacón y un abrigo elegante, empujando la puerta con tanta fuerza que todos voltearon.
—¡Aquí está la ingrata! —gritó—. ¡La que quiere dejar a su madre sin nada!
Mi compañera de trabajo, Lucía, se quedó inmóvil detrás del mostrador.
—Fernanda, estoy trabajando.
—¡Me importa un comino! Vas a arreglar lo que hiciste.
Había clientes esperando pan.
Un señor mayor sostenía una bolsa de bolillos.
Fernanda continuó.
—Mi mamá te dio una familia cuando eras una huérfana. ¡Y ahora quieres robarnos!